Esperar es atravesar el tiempo o ser atravesado por él. Es caer en la tierra y descubrir el artificio de una vida que devora incesantemente las trampas de la cotidianidad. Se espera huyendo del presente porque no lo soportamos. Esperamos tratando de asir el futuro, hacemos planes venideros y vivimos la ilusión de lo que no está a nuestro alcance. Esperamos burlando la muerte, manoseando una esperanza a veces luminosa, a veces nauseabunda. Esperamos fuera de nosotros mismos. ¿Cómo es una escritura de la espera?, ¿cómo respira, cómo se dilata?, ¿cómo se macera el lenguaje en la espera?, ¿cómo se escribe cuando se espera?
Hay tantas formas de esperar como personajes literarios: Penélope espera a Ulises en Ítaca tejiendo día y noche una tela que deshace para estirar su llegada, Josef K. espera que algún día se celebre su proceso legal, y Vladimir y Estragón no saben lo qué esperan en Esperando a Godot.
Otras veces el dolor “está implantado en la esperanza” y la esperanza está asociada a la espera. Esperamos con la ilusión de un mejor porvenir o algunas veces se espera con resignación pero sobretodo con miedo. Es el caso de El dolor, un libro autobiográfico de Marguerite Duras –como casi todos sus textos–, publicado en 1985. Se trata de un diario angustiante, donde narra el malestar de una espera, sus incertidumbres y las contradicciones que embargan ese acto que para ella es “un combate sin nombre, sin sangre derramada, sin gloria”.
Marguerite espera cada día junto al teléfono noticias de Robert L., su ex pareja, quien fue apresado por la Gestapo y trasladado a un campo de concentración en la Alemania Nazi. La guerra casi termina y ella, como muchas otras, espera.
Su espera es incrédula. La padece. Está segura que Robert L., yace en una fosa con la cabeza volteada hacia la tierra. La espera del ausente se extiende al propio cuerpo de Marguerite, anulándola: “Junto a esta espera ya no se existe”, sentencia. En la ausencia de aquel, la presencia de ella se hunde, se disuelve hasta no saber por qué espera. “Tanto valdría esperar a otro. Ya no existo. Entonces, en el momento en que no existo, ¿por qué esperar a Robert L?”.
La espera es contención. Ella se pregunta por qué razón debería economizar sus fuerzas, pero así lo hace. Resiste la espera a través de una escritura extraña, llena de calma, silencios y filosas precisiones. Una escritura que negocia con el dolor.
Cada noche duerme cerca de él en la imagen tormentosa de la fosa negra que se repite una y otra vez durante la espera.  Su vida está atada al cuerpo perdido, posiblemente roto, posiblemente muerto de Robert L, atada al cuerpo del delito, el cuerpo mancillado de la guerra, el cuerpo mancillado por la humanidad.
Cada día libra su batalla contra la fosa e imagina en algunas ocasiones la llegada de Robert L. y una visita al mar. No lo soporta. Al llegar éste, la espera de Marguerite terminaría y su cuerpo lánguido, su cabeza y su fiebre perenne se encontrarían solos, inertes, sin ninguna misión en la vida. Ya no tendría una razón por la cual esperar.
Pero efectivamente Robert L. llega de las entrañas de la muerte. La vida le exige a ella volver al presente en toda su desolación, pero la espera ha ocupado el centro de su vida, le ha otorgado un sentido. Ya no sabe sino esperar: “Mi identidad está desplazada”, comprende. Al ver el puñado de huesos infectados en que se convirtió el cuerpo de Robert L., Marguerite huye de la imagen y la guerra puede al fin salir a través de sus aullidos. “Seis años sin gritar”, dice. Seis años fuera de sí, acostada en la fosa, donde el pan no llega. La guerra termina, la paz vuelve y no significa nada. Para Marguerite la paz “es una noche profunda”, es el comienzo del olvido. La ciudad será, a partir de entonces, una que los que vienen no conocerán jamás. La guerra permanece en el silencio de Robert L.
Cuarenta años después este dolor sale a la luz. Marguerite dice no recordar nada. Reconoce su escritura y los detalles de la narración pero no se recuerda a sí misma escribiendo el diario: “Cómo habré podido escribir esta cosa que todavía no sé nombrar y que me espanta cuando la releo”, se pregunta. También se cuestiona cómo fue que pudo abandonar este libro durante tantos años. El dolor también libró su frente de la espera, ¿podría ser de otra manera?, ¿podría un libro de la espera salir a la luz sin repasar, lentamente, en su armazón los dolores fundacionales? El dolor es “lo más importante” en la vida de Marguerite Duras, así lo dijo.
Incrédula junto al teléfono Marguerite espera noticias de Robert L. Incrédula, sin saberlo, espera que las palabras de El dolor adquieran su espesura en el tiempo. Su escritura nos exige, a sus lectores, atravesar la espera, escuchar sus ritmos, contemplar su navaja abriendo una zanja sobre la herida vieja.

Posted by:Diana Moncada

Poeta y periodista cultural. Amante de las intersecciones entre el periodismo y la literatura. Ganadora del Concurso de Autores Inéditos de Monte Ávila en el 2013 con el poemario Cuerpo crepuscular. Prologuista del libro Al filo Entrevistas de Miyó Vestrini, de la editorial independiente Letra Muerta. Miembro del colectivo literario Letra Franca. Investigadora del proyecto de investigación documental Muestra de Valoración del Patrimonio Teatral Venezolano del Centro Nacional de Teatro. Poemas suyos han aparecido en la Revista Poesía de la Universidad de Carabobo, Revista Insilo y otras publicaciones periódicas.

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