¿Por qué la tierra es mi casa?
¿Por qué la noche es oscura?
¿Por qué la luna es blancura
que engorda como adelgaza?
¿Por qué una estrella se enlaza
con otra, como un dibujo?
Y ¿por qué el escaramujo
es de la rosa y el mar?
Yo vivo de preguntar:
saber no puede ser lujo.

(Silvio Rodríguez, “El Escaramujo”)

 

Hay tantas preguntas que tengo y que no dejan de morderse la cola sin llegar a un fin. Apenas abro los ojos por la mañana surgen aquellas más limpias, más lúcidas, son esas preguntas que tienen un poco de respuesta a otras preguntas, incluso si estas últimas no han sido formuladas todavía. Existen horas mágicas, para algunos son más bien las horas de la madrugada; pero, aunque no niego el encanto y poder de éstas, para mí siempre han sido las que rondan la salida del sol las más vibrantes y transparentes. Al amanecer los sueños se hallan frescos, pulsando entre las almohadas con sus verdades en forma de símbolos, visiones y sensaciones, que son los secretos de nuestro propio universo. Todo lo que comúnmente no es visto, y que ha desplegado su presencia durante la noche, en la oscuridad, nos regala por muy corto tiempo su presencia, sigue respirando con las primeras luces, porque aún no se siente expuesto al ruido y a la mirada. La mañana es el momento para ver lo invisible.
La mañana es el momento en que surge la pregunta correcta: la pregunta es una llave, y si no se delimita cuidadosamente su contorno, nunca logrará ingresar en la verdad que anda buscando. Por eso, antes de hallar respuestas, hay que hallar preguntas, y para esto es necesario ir aprendiendo a observar, a escuchar, es necesario respirar y tener calma, respetar sus tiempos pero también evitar que vuelvan a huir después de haberlas vislumbrado -por ser esquivas, requieren de una atención especial.
¿Cuáles son las inquietudes que han trazado mi camino? ¿Son las mismas que ahora tengo o algo ha cambiado y me pide alterar el rumbo? ¿Estoy escuchando atentamente aquello que despierta mi interés o, por el contrario, me estoy dejando llevar por circunstancias y opiniones que en lo profundo son incompatibles con aquello que sinceramente busco y deseo? Las preguntas pueden ser lámparas internas; de hecho, es prácticamente imposible avanzar sin plantearlas, a menos que avancemos sin ver a dónde vamos. Son fórmulas en cuya arquitectura se debe reparar, por eso aquello de saber formular. Una pregunta planteada correctamente tiene en sí una respuesta correcta. ¿Desde dónde me sitúo en mi inquietud?  Se trata del lenguaje, sí, pero el lenguaje nunca es sólo el lenguaje, las palabras no son sólo palabras, sino su discurso interno, su intención, su vibración, sus resonancias; el pensamiento –entendido como un cúmulo de conocimientos, experiencias, imágenes, mensajes conscientes e inconscientes-  toma forma a través de la palabra, ella le da cuerpo y vida. Entonces, si he dado exactamente con mi propia ignorancia, si prácticamente le he dado a luz, ella ya me estará diciendo mucho, me estará señalando una dirección pero, además, será en sí un descubrimiento.
Las preguntas son herramientas del asombro y de la inocencia, llevamos aquí miles de años y aún no tenemos certeza de las cosas más simples; si nos detenemos en esto nos hacemos más sensibles a la novedad que hay en todo, a lo insólitos que somos. Y cuando esto ocurre, paradójicamente, todo alrededor cobra mayor importancia y sentido. Mientras más me permito indagar sobre él, más me habla el mundo: no sólo se hace más interesante, sino también más cercano. “Ayer me porté mal en el cosmos./ Viví todo el día sin preguntar por nada,/ sin sorprenderme de nada.”, dice Wislawa Szymborska en un poema; “Ningún cómo, ningún por qué,/ o de dónde ha salido éste,/o para qué quiere tantos impacientes detalles.”, se reprocha luego, para finalizar con lo siguiente: “El cósmico savoir-vivre/ aunque calla sobre nuestro asunto,/ exige, sin embargo, algo de nosotros:/ una cierta atención, un par de frases de Pascal/ y una sorprendente participación en este juego/ de reglas desconocidas.” (“Falta de atención”, del libro Dos puntos, Ediciones Igitur). Saber vivir es ser partícipes de lo misterioso porque, aunque nunca terminará por revelarse, nos obsequiará significados a la par de lo que oculta.
Sin una atención, un estado de lucidez receptiva, el juego pasa desapercibido delante de nosotros. Lo fascinante se entrega por sí mismo, es cierto, pero sólo allí donde se cultivan las condiciones para que emerja. Sin embargo, hay ciertos estados de la mente y del espíritu, por los cuales inevitablemente transitamos, que son incompatibles con esa claridad fértil. Es necesario preservar nuestro espacio interno para que nazcan aquellas inquietudes que, en cierta forma, también nos dan nacimiento al abrir dimensiones nuevas de nuestro mundo.
Qué mejor momento para comenzar a despertar sino cuando todo se prepara para hacerlo. Para la medicina china, las dos horas previas al amanecer son las horas de la inspiración, es el período de tiempo en que el meridiano de pulmón tiene mayor circulación energética, lo cual favorece ejercicios respiratorios y con ello la meditación. Aunque este influjo se concentra generalmente entre las tres y cinco de la mañana, sus efectos se aprecian en las horas subsiguientes. Durante la mañana todo es más ligero, el elemento aire y con él el aliento, la palabra y su capacidad de dar orden y forma, brindan una propensión de las cosas a ser des-cubiertas.
Todo, por la mañana, tiene una vida particular. Los símbolos muestran un vértice de luz. Las preguntas dejan de ser inquietantes ouroboros para ser presencias etéreas; dejan de perseguir respuestas para ser simples afirmaciones del asombro. Existe magia también en la oscuridad, en el brillo cegador del sol de mediodía, en el ceder y dejarse ir del atardecer; de todos ellos, no obstante, el mayor encanto es el de vivir como si acabáramos de abrir los ojos.

Posted by:cristinaglvezmartos

One thought on “La hora del asombro, por Cristina Gálvez Martos

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