Baby Boom: (1945-1964)
Generación X: (1965-1984)
Generación Y: (1985-2004)

En mi primer año en la universidad, en clase de Ética, un compañero y el profesor (los dos pertenecientes a la generación del Baby Boom) charlaban abiertamente sobre el imperativo categórico de Kant y su máxima primitiva recogida ya en tiempos de Confucio. Los dos se congratulaban de pensar y actuar siempre bajo esa máxima de la ética deontológica kantiana. En Fundamentación de la metafísica de las costumbres (1785) Kant expone claramente las formulaciones del imperativo categórico:

  1. «Obra sólo según aquella máxima por la cual puedas querer que al mismo tiempo se convierta en ley universal. Obra como si la máxima de tu acción pudiera convertirse por tu voluntad en una ley universal de la naturaleza» (AA IV: 421)
  2. «Obra de tal modo que uses a la humanidad, tanto en tu persona como en la persona de cualquier otro, siempre al mismo tiempo como fin y nunca simplemente como medio» (AA IV: 429)

El profesor, a punto de jubilarse y sentarse en un sillón de catedrático emérito, propuso realizar un experimento mental. Esto es, nos situó en un caso hipotético para aplicar la máxima: ¿Qué haríamos si veríamos que alguien se está ahogando en un río y nosotros tenemos la posibilidad de salvarlo? Aquí entraba en juego un valor históricamente adscrito a la moral cristiana: el pecado de omisión.
Siguiendo la máxima kantiana ilustrada, contraémos el deber de responsabilizarnos y actuar en favor de quien se ahoga (es decir, de nosotros mismos poniéndonos en el caso de que fuéramos uno de nosotros el que se está ahogando) Es de una lógica aplastante, cuyo conector es bidireccional y biunívoco. La moral cristiana irá más allá: “ama al prójimo como a ti mismo”. Amándole a él, te entregas a Dios.  Omitir el deber de socorro es una ofensa a Dios porque lesiona la naturaleza del hombre y atenta contra la solidaridad humana. Se levanta contra el amor que Dios nos tiene a todos y aparta de Él nuestros corazones.
Sin embargo, el derecho penal español (también el francés, alemán, el italiano y el portugués) recogen la idea contractual de comisión por omisión: es decir, hace falta que la omisión cause el daño: La persona no actúa en base a lo que manda el deber jurídico (la ley, la norma de mandato) y produce un resultado que no debe producir.
El alumno del Baby Boom estaba absorbido por el timbre de voz y la gracia sutil que desprendían las palabras no maniqueas de quien declamaba su discurso muy seguro y certero, cual predicador en tiempos previos a los filósofos de la sospecha. Su generación había sido inculcada, a pesar de todo (el pensamiento que rompe tarda muchos años en identificarse y hacer grietas) en la disciplina, la moral del trabajo, en la moral cristiana, en la moral del imperativo o del deber por encima de todo. Así que la correspondencia generacional entre el susodicho alumno y el profesor era un vínculo imposible de romper. Era del todo insospechado que el profesor y el alumno Baby Boomers, aceptaran otro modo de pensar aquel hipotético caso. Aunque, por suerte, estábamos entre filósofos. Entonces, les propuse otro caso distinto. Hasta ese momento, apenas había intervenido en la discusión. Les dije que pensáramos sobre una mujer y un hombre que se están pegando el uno al otro en la calle. Les propuse el mismo caso Neyra (un profesor de teoría política español se había hecho célebre por intervenir en la agresión de un hombre a una mujer acaecida en el verano de 2008), que los medios habían tildado de héroe identificando su caso con una intervención altruista en un caso de violencia conyugal o de género. Los dos contestaron que Neyra había hecho bien en intervenir porque es un imperativo y un deber cívico salvaguardar la integridad de las personas, en este caso, la mujer por ser más débil físicamente que el hombre. Entonces, les di una información suplementaria que habían pasado inadvertida y que Neyra tampoco había sabido analizar aquel fatídico día: El hombre y la mujer eran politoxicómanos y se enfrentaban en esas tensas disputas diariamente, por efecto de las drogas, la ansiedad, y accesos transitorios de locura. Era su día a día. El profesor Neyra no supo valorar bien la situación y se puso potencialmente en peligro. La suya fue una intervención temeraria. Sobre todo, mediar él solo en plena vorágine de violencia contra un hombre mucho más fuerte que él, seguramente pensando que su autoridad de hombre más mayor y status de profesor le valdría para aplacarle.
Nuestro profesor no cedió, dijo que Kant era taxativo. Lo cual parecía una redundancia. No se podía omitir el daño que infringe una persona a otra, y viceversa. En cambio, el alumno Baby Boom se quedó callado por primera vez desde que comenzó la discusión. Me di cuenta de que miraba al suelo, seguramente reflexionando emocionalmente sobre aquello. Hablé de que no todos los casos son iguales: Kant aplicaba una lógica clásica con cuantificadores universales en su ética deontológica (no podía aplicar otra) mientras que nosotros, como seres más evolucionados, debemos aplicar una lógica difusa en los juicios y la toma de decisiones. Siempre se nos escapa una información, nuestro análisis es sesgado, tendemos a involucrarnos emocionalmente, personalizar, y debería prevalecer en nosotros la capacidad de analizar más variables. Noté que el alumno Baby Boom me miraba detenidamente. Hacía media hora había pregonado a los cuatros vientos su amor incondicional a Kant. “¡Es el genio más grande, el filósofo total!” Estaba de acuerdo en eso. Pero, él había vivido hacía más de dos siglos y no convenía ajustar ideas exactas a otros tiempos (aunque pensar sobre ellas sea necesario). El filósofo debía ir más allá, ser un hombre-puente, sin ideología, neutro. Adscribirse a una corriente de pensamiento por gusto era entrar en personalismos y someter la razón al ego que se ha conformado sin nuestro consentimiento.
Tras varios dimes y diretes, el profesor consumió un último cartucho que me pareció tener un regusto demagogo: “Hay situaciones en las que no hay tiempo. Simplemente, hay que actuar. Por ejemplo, un atentado terrorista. Perderíamos un tiempo precioso si quisiéramos entrar a valorar la situación de un modo más inteligente. El deber es acuciante” Entonces, le dije: “Las valoraciones se pueden hacer de manera muy rápida, todo depende del trabajo que haya hecho uno en sí mismo. Tampoco chocan esencialmente con la idea del deber. Pero, esas valoraciones sí deben de hacerse sin una moral, ser completamente neutras”
El alumno Baby Boom se mantuvo en silencio hasta el final. Sólo fue a la salida de la clase, que se dirigió a mí, con un embeleso nuevo en la mirada. Me dijo que tenía razón en todo lo que había dicho. Me pidió mi número de teléfono y me estuvo llamando varias veces, demasiadas veces. Me di cuenta de que creía haber encontrado otro maestro, un gurú al que seguir los pasos. Así era la moral de su generación. Necesitaban de una figura que les guiara, paternalista, no podían ser autodidactas, emprendedores. Habían vivido una dictadura.
En una de nuestras últimas conversaciones, le hablé de la figura de Jacotot, el maestro ignorante de Rancière… el marxismo había aportado algunas cosas buenas. Una de ellas era la de romper el modelo esclavo del alumno frente al maestro. La transformación se estaba dando hasta llevarse a situaciones radicales, lamentablemente, como siempre ocurre, en la que se invertían los roles, y ahora era el alumno quien ajusticiaba al maestro. Sin embargo, el conservadurismo de los años de la dictadura en los que él había madurado como persona (desde los 12 hasta los 25 años) perpetraba ese modelo extremo. Los padres eran reyes, los profesores emperadores y los médicos dioses inexpugnables. Sólo había una verdad y tiempo absolutos como en tiempos de Galileo. Me preguntó qué moral era posible y le dije que había que atender a las virtudes aristotélicas (éticas y dianoéticas) que eran esencialmente taoístas. “Contra mejor seas, más claro tendrás cómo debes actuar en cada momento y situación. El hombre virtuoso sabrá cuál es el camino”. Poco después, nuestros caminos se separaron indefectiblemente.


David Ortega (Bilbao, España, 1981). Es licenciado en Filosofía con Master en Filosofía teórica y práctica, UNED. Ha escrito un libro de viajes autobiográfico: El último viaje, sobre Alaska (USA); una novela de ficción: El secreto de Nina; y una novela negra que pronto estará disponible: Casi héroes. Sus tres escritos están basados en hechos reales. También ha realizado un ensayo sobre los fundamentos ontológicos de la estética: Diaphainon, que obtuvo la máxima calificación en la carrera.

 

Posted by:davidkatabatik

Licenciado en Filosofía. Escritor.

2 replies on “Cortocircuitos Generacionales I: Imperativos, por David Ortega

  1. Los maestros guían pero hay que saber cuando hay que soltarlos, y hacerlo con gratitud por lo aprendido y el camino andado, sabiendo que se ha de continuar en solitario y en su momento dejar lo aprendido con otro alumno. La vida te da, tú lo maceras, lo transformas haciéndolo tuyo y luego lo dejas ir con otra(s) persona(s) que lo vayan a seguir trabajando. Ese es mi sentido del maestro, algo que no creo que tenga tanto que ver con mi generación (último año de la G. X) como con mi camino vital y contacto con la filosofía oriental. También con cierto grado de compromiso con el Conocimiento y la vida en sí misma.

    El que usa pero no interioriza, experimenta y transforma conocimientos no es un alumno, sí de las aulas, no de la vida. Esa gente que aprende datos y los sabe manejar la habrá siempre, de la generación que sea, con el grado de respeto que sea hacia sus profesores (que no maestros, habitualmente, porque de esa integridad y coherencia hay pocos), pero no es la que hace avanzar el mundo. Y es una pena, porque son el rebaño que caracteriza al mundo.

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