Hace un tiempo, no me interesaba para nada leer a Bukowski. Asumía lo que había en sus libros, en sus versos: alcohol, putas, sordidez, y algo de misoginia. Sin embargo, lo que sucede con determinadas lecturas o autores, es lo mismo que pasa en cuanto a personas o situaciones que nos rodean en la cotidianidad: asumir es, casi siempre, un acto de soberbia.
Darse cuenta de algo, de cualquier cosa con mayor o menor relevancia, conlleva un proceso en el que, primero, nos permitimos observar mejor, más de cerca de lo que nos habíamos permitido anteriormente. De esa observación se va mostrando otra cosa distinta, que dialoga y choca con nuestra primera impresión, y crea un conflicto, una tensión ante la cual terminamos flexibilizándonos. Esto nos muestra, más allá de esa resistencia del ego, algo nuevo, otra cara de eso que miramos, pero se trata también de algo nuevo –y, sin embargo, familiar- en nosotros mismos. Opera entonces una transformación: de pronto, somos capaces de mirar con otros ojos, pero, a la vez, estos ojos resultan más propios, más auténticos.
Me acercó a Bukowski una inclinación en común: el amor por los gatos. El poema “Historia de un duro hijo de puta”, con el que di por casualidad, me conmovió. Posteriormente, me encontré en una librería con una compilación, editada por la Colección Visor de Poesía, de poemas del autor dedicados a los gatos. En el momento no tenía el dinero para comprarla, pero me prometí volver por ella; sin embargo, aunque regresé, terminé quedándome con el poemario Arder en el agua, ahogarse en el fuego.

Pienso que sólo debemos leer libros de los que muerden y pinchan. Si el libro que estamos leyendo no nos obliga a despertarnos como un puñetazo en la cara, ¿para qué molestarnos en leerlo? ¿Para que nos haga felices, como dice tu carta? Cielo santo, ¡seríamos igualmente felices si no tuviéramos ningún libro! Los libros que nos hagan felices podríamos escribirlos nosotros mismos, si no nos quedara otro remedio. Lo que necesitamos son libros que nos golpeen como una desgracia dolorosa, como la muerte de alguien a quien queríamos más que a nosotros mismos, libros que nos hagan sentirnos desterrados a los bosques más remotos, lejos de toda presencia humana, algo semejante al suicidio. Un libro debe ser el hacha que rompa el mar helado dentro de nosotros. Eso es lo que creo.

Así dice Franz Kafka en una carta a su amigo Oskar Pollak. No sé si es lo que me sucede actualmente con la lectura de Bukowski –tal vez todavía es temprano para decirlo-, pero definitivamente se acerca.
Arder en el agua, ahogarse en el fuego reposa sobre mi mesa de noche. No puedo hablar de La obra (así, con mayúsculas) de Bukowski. No puedo hablar de sus novelas, ni de su poesía en general, ni siquiera puedo hablar con toda propiedad de este libro que llevo a medias y que voy leyendo en los contados momentos que me permite el día a día, que se va entre el trabajo, los estudios, tratar de mantener en pie el apartamento donde vivo con mi pareja y alguna que otra cosa más.
El mundo en que nos desenvolvemos nos exige, queramos o no, cambiar los cristales con los que miramos las cosas: aún cuando nos quieran vender fórmulas alteradas, cada vez se hace más evidente la cruda realidad. Y, después de todo, no es tan malo mirar las cosas como son. Tal vez lo que me ha generado esta lectura sea el alivio de la comprensión mutua, el encontrar un diálogo con el libro –y conmigo misma a través del libro-: Bukowski me encanta porque en él veo reflejado mi desencanto. Y, más importante, me voy haciendo a la idea de que ese desencanto no tiene por qué ser trágico.El ser humano pasa trabajo. Mejor dicho, la mayoría de los seres humanos pasan trabajo, mientras otros viven en la comodidad y el exceso. Pero unos y otros padecemos, de maneras no iguales, pero sí semejantes; y, al final, todos vamos a morirnos. Las carnes se ablandan, las ilusiones se desdibujan bajo la luz de la realidad, hay días tediosos, sin un ápice de brillo, días en que nos hallamos brutalmente intrascendentes: “y contemplé el sol a través de las hojillas de un árbol/ fuera, y no se me ocurrió nada maravilloso/ no se me ocurrió nada inmortal, y eso fue lo mejor” (“a vida”, p. 150-151).
Estoy en la fila del supermercado. Un supermercado en un shopping, en una zona acomodada de la ciudad donde vivo. Delante de mí, en la fila para pagar, hay una señora con muchas cosas en el carrito. Realmente son muchas y sumamente variadas, pienso si acaso les da el tiempo para consumir tantas cosas en una casa. La señora es muy alta y voluminosa, tiene joyas y un abrigo casi hasta los pies, que, sin embargo, deja ver sus botas. La señora es tan grande que parece casi de otra especie cercana a la humana. La cajera pasa una cosa detrás de otra con un hastío resignado, yo miro y me siento más cercana a la especie de la cajera. Detrás de mí hay otra señora, con muchos años y muchas cirugías, que también parece de otra especie. Está llena de cosas brillantes: anillos, maquillaje brillante, uñas resplandecientes, una falda negra hasta los pies bajo la cual se asoman unas botas de tacón, negras, de cuero. Su cartera es brillante, su pelo es brillante, casi sintético. Mira cremas corporales mientras espera su turno para pagar. La música de fondo parece de Los Sims, y nos da a todos un aire de sims. Esta señora lleva diez cajitas de salmón teriyaki, del que venden ya preparado, lleva también manzanas y zanahorias (me gusta ver lo que compra la gente en las filas de los supermercados). Yo también me hastío y me pongo algo triste, pero a la vez siento compasión por todos nosotros.

Mientras todos los demás/ apilan oro/ y Cadillacs y/ novias,/ yo pienso en hojas de palmera/ y lápidas/ y en la hermosura de un/ sueño larval;/ ser un lagarto sería/ bastante jodido/ como estar abocado a tener/ tamaño de Hombre y vida de Hombre/ y no querer tomar parte en/ el juego, no querer ametralladoras ni torres ni/ relojes registradores. (“ametralladoras, torres y relojes registradores”, p. 82).

¿De qué nos enorgullecemos como especie?
Tal vez, después de todo, no somos tan sórdidos. O al menos no todo el tiempo. Hay atisbos de ternura, de bondad, de belleza en nosotros. Es cierto que podemos ser tan elevados como ruines. Es verdad que estamos tan bendecidos como desahuciados. Y muchas veces la dulzura se encuentra bajo una capa amarga; si indagamos en la miseria encontramos, también, un esplendor. Pienso que para hallar algo verdaderamente valioso tenemos que vérnosla con aquello que no nos gusta: sólo lo verdadero tiene una dimensión realmente significativa, y la verdad no responde a nuestros caprichos. Creo que eso es lo que me salva a través de estos textos de Bukowski: la dimensión humana en todo su patetismo y, allí, inmersa, a veces casi imperceptible, nuestra virtud. Uno de los poemas que más me ha gustado de este libro se titula “los obreros”, y me devuelve a un pensamiento que he tenido antes, y es que lo bello casi nunca se percata de su propia belleza:

ríen todo el rato/ incluso cuando/ cae un tablón/ y destroza una cara/ o deforma un/ cuerpo/ continúan/ riendo,/ cuando el color de un ojo/ se torna de una palidez pavorosa/ por causa de la luz/ escasa/ siguen riendo;/ arrugados e imbéciles/ ya a edad temprana/ bromean al respecto:/ un hombre que aparenta sesenta años/ dice/ tengo 32, y/ entonces se ríen/ se ríen todos. (“los obreros”, p. 74).

Personalmente, no me sirve de nada indagar en si Bukowski es o no misógino (definitivamente algo de ello hay en sus textos, pero tal afirmación significaría pasar por alto cuestiones muy relativas), tampoco me sirve observarlo bajo conceptos morales, ya que precisamente su espíritu va sobre toda moralidad. Lo que me sirve de Bukowski es su capacidad de no negar la mierda de este mundo, por aplastante que sea, su valentía en despojarse de velos ilusorios y de enfrentar esa visión porque así, cruda, bruta, real, aún guarda algo valioso.


Cristina Gálvez Martos (Caracas, Venezuela, 1987). Escritora e poetisa, colunista da Revista Philos e Licenciada em Letras pela Universidade Central da Venezuela. Participou de diversas antologias poéticas editadas na Venezuela, Porto Rico, Argentina e Reino Unido. Fez parte de diversas oficinas de criação literária, entre elas a coordenada pelo poeta venezuelano Armando Rojas Guardia. Entre os anos de 2013 a 2015 se dedicou às oficinas da Casa de las Letras Andrés Bello, promovendo cursos literários, de ortografia, redação e interpretação de textos. Estudia Diplomado en Gestión Cultural en Fundación Itaú.

Posted by:cristinaglvezmartos

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