¿Qué es la filosofía?

Deleuze escribió a dos manos con su amigo psicoanalista Guattari, un libro entero para tratar de explicarlo. Pero Deleuze era un posmoderno y tan deconstructor como Derrida, así pues, quien no sea audaz (no ávido lector, con eso no basta) podrá pensar que, en vez de desentrañar, enmaraña lo que quiere decir con su lenguaje resquebrajándose a cada momento, deviniendo. Todo en Deleuze tiene que ver con crear nuevos términos, con los contornos del concepto. Su Mil mesetas es un paso a través filosófico y literario, un juego intelectual que muchas veces utiliza contraposiciones y antítesis, y en el que uno explora aristas y recovecos que no había pensado todavía. Ese juego ya no está vivo, aunque sigan sus libros en cartel; tuvo su repercusión en filósofos japoneses, pero dejó de ser lo que era. Deleuze se tiró por el balcón en una de sus mayores contradicciones y nos dejó huérfanos del “juego exploratorio intelectual”.
Ahora bien, ¿Quién aporta algo nuevo en términos filosóficos hoy en día?… ¿Para qué sirve la filosofía en la actualidad?… Cuestiones que se hacen todos los que no han estudiado Filosofía y demuestran ser más filósofos que los propios estudiantes de Filosofía que viven permanentemente en el tormento de tratar de defender su carrera académica con uñas y dientes hasta alcanzar la completa resignación. Pero para ser filósofo hace falta una mirada más amplia, neutra, sin ideología, porque si no el filósofo es un títere intelectualoide al servicio de una fuerza social que compra lo que dices. Se trata de pensar, y pensar es lo más difícil que puedes hacer en esta vida. No se trata de pensar “dando vueltas al bailarín”, “agotar al duende”, como hace el común de los mortales, sino de ir más allá, no necesariamente en un sentido metafísico, sino de pensar como si fueras tú, él/ella, nosotros, ellos. Ponerte en la piel y evadirte, retornar y marchar, pensar como pensaría Sócrates. Pensar sufriendo. Hacer fuerte una premisa, crear un axioma, y proyectar diversas líneas y curvas, hasta crear un espacio topológico. Luego, revisitar el axioma.
Wittgenstein, el genio filosófico que detestaba Deleuze por vilipendiar cualquier tipo de metafísica, decía que la Filosofía debía de dedicarse única y exclusivamente a la purificación de nuestro lenguaje. Debemos pensar correctamente, y de lo que no se puede hablar hay que guardar silencio. Sin embargo, el filósofo debe de pensar científicamente y poéticamente, debe de captar musas y aplicar la razón más aséptica sobre el contenido que adquiere de lo misterioso. No puede quedarse corto en nada, ni poner vetos. Debe beber la miel de los dedos del arpista, desde los relatos órficos hasta los misterios eleusinos, vivir en el numen contemplativo, y buscar la verdad de las cosas, haciendo inmersiones en lo fenoménico: explorando en lo antropológico, social, cultural, político, psicológico, etc. Un filósofo debe ser capaz de vivir plenamente, en su plano noúmeno y fenoménico (conceptos/notaciones kantianos). De hecho, si él no tiene la facultad de la contemplación amorosa, difícilmente sus ideas trascenderán lo que piensen los demás “dando vueltas al bailarín”.
La Filosofía es una profesión alejada de la realidad pero que debe de ponerse en práctica. Porque si no, no sirve de nada (Un ejemplo paradigmático de la falta de utilidad es la fenomenología de Husserl) Hay que irse lejos para volver. Proponer e involucrarse, como hicieron Sartre o Unamuno. Aunque, las ideas no pueden tener sesgo ideológico, como ya dije. El filósofo debe salirse del contexto y percutir en él, como hizo Wittgenstein antes, durante y después de batallar en la Primera Guerra Mundial. Por eso, en 2017, la Filosofía es una profesión muerta. Más que la del herrero o la del talabartero.
Hoy en día, en el plano académico, se trata de fabricar un repositorio de autores muertos. Y, como ya dijimos, no se deben ajustar ideas de otros en contextos históricos distintos a nuestra realidad actual. Hay tesis mixtas sobre Marx, Heidegger, Kieerkegard, incluso Althusser, que inventan focos que no existen; estudiantes que dedican cuatro o cinco años de sus vidas al regodeo más hípster bebiendo del autor que idolatran. Están matando la Filosofía hasta al punto de quitarle cualquier valor. Luego, algún autor con buenos contactos, ya dentro del “club selecto para pijos”, puede llegar a escribir un libro políticamente correcto si es español o políticamente incorrecto si es francés. En España, la verdad incómoda duele y en Francia suele recibir aplausos escatológicos.

¿Quién es filósofo?

Sinceramente, ¿quién propone algo actualmente que no sea un sermón de cura (E. Lledó), perogrulladas éticas (M. Nussbaum), o repositorios de autores que marcan tendencia (H. Arendt), generar polémica y soltar bilis (A. Flinkielkraut) o esté sirviendo a una ideología (M. Onfray)? Nadie. Quizás el único y gran “desenmascarador” de todo esto sea Mario Bunge, quien cumplirá cien años en breve.
¿Sirve también el hecho de enseñar a los adolescentes a pensar sobre la Teoría de las ideas de Platón o las Meditaciones metafísicas de Descartes? Dos alumnos te escuchan y no podrán entenderlo a su edad. Aunque, como profesor, forzar a pensar sobre algo que no se alcanza de facto en el caos de la adolescencia parece muy meritorio y loable, lo cierto es que eso no tiene nada que ver con ser filósofo o ejercer como tal. Para ello es necesario revisar las propuestas filosóficas e involucrar a los verdaderos pensadores y agentes que actúan en la sociedad, más allá de las aulas. No hablo del carácter introvertido del ratón de biblioteca, poco agraciado físicamente, que se dedica a leer sin comprender verdaderamente lo que lee y creyendo que sí lo comprende. Tampoco hablo del charlatán que trata de cabalgar sobre paradojas sin salir nunca de ellas. Hablo de pensadores como los que ha habido siempre, que escapan al poder de los algoritmos de Internet y al discurso atronador de los Mass Media. Que piensan por sí mismos y no necesitan adscribirse a una determinada tribu o corriente filosófica para que le tomen en serio. Que tienen un espíritu distinto, que arrolla, y que se interesa por aportar algo a los demás. La intelectualidad deja de ser tal y se convierte en algo caricaturesco, en el momento que sirve de fractura entre el individuo y la sociedad, y sirve de dulce solipsismo.
La Filosofía no puede pretender seguir anclada en el pasado, y hacer regodeos banales. Así es normal que no se la tome en serio. No se trata de ver quién ha leído más, sino de quién tiene una fórmula. Quién se anticipa a las nuevas eventualidades y procesos sociales. Filosofía aplicada. Literalmente. No hay otra manera. Realizar la inversión que propugnaba Nietzsche, pero en el caso que nos atañe, en la que no se trata de un derecho natural o libertad de expresión en la que la opinión sin conocimiento tiene el mismo valor que la opinión del sabio. No, aquella suerte de ágora trataba de eso. Los sofistas declamaban, y Sócrates (real o ficticio) vivía en un barril. Hablaba con la gente, les instruía. Anticipaba lo que iba a suceder, tanto como Cristo (real o ficticio) sabía de su muerte. Era un profeta, en la pureza del término, un Outsider, quien mayeuticamente como Buda, hacía pensar a los que no habían pensado sobre lo que ocurría y ocurriría. No sobre cientos de años atrás, citando siempre a autores que nunca habían conocido.
El último filósofo es el primer filosofo: El primer profeta en nuestra tierra (pero manteniendo su espíritu crítico, sin magnificar su figura creando dogmas). Fijándonos en él, salvamos a la Filosofía de la esquizofrenia capitalista por vender libros irrelevantes y sostener a ratones de biblioteca en su Cátedra, embriagados de dulce solipsismo. Una figura que inspira es el protofilósofo Sócrates-Platón, así como los presocráticos, asimismo, algunos sabios orientales de la remota intrahistoria, y Wittgenstein, como figura meteórica, que fue capaz hasta de desdecirse a sí mismo con una evolución de pensamiento y de romper las ataduras aristocráticas con su linaje para poder ser él mismo. En ellos está la inspiración de todo lo que uno debería admirar de un auténtico filósofo.


David Ortega (Bilbao, España, 1981). Es licenciado en Filosofía con Master en Filosofía teórica y práctica, UNED. Ha escrito un libro de viajes autobiográfico: El último viaje, sobre Alaska (USA); una novela de ficción: El secreto de Nina; y una novela negra que pronto estará disponible: Casi héroes. Sus tres escritos están basados en hechos reales. También ha realizado un ensayo sobre los fundamentos ontológicos de la estética: Diaphainon, que obtuvo la máxima calificación en la carrera.

Posted by:davidkatabatik

Licenciado en Filosofía. Escritor.

One thought on “El último filósofo, por David Ortega

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