Escribo porque es la manera que tengo de procesar lo que me sucede. Si dejo de escribir, me estanco interiormente, me convierto en un algo que no siente, que apenas se percibe a sí y a su alrededor. Cuando escribo, me observo y también me ordeno, creo a través y a partir del caos que es todo momento presente, escondido detrás de un cúmulo de emociones, sensaciones, pensamientos. Escribiendo puedo mirar de otra forma, de mejor forma, mi circunstancia y lo que va más allá de ella.
Por la escritura puedo ser capaz de apreciar el dolor, el conflicto, la soledad: todo aquello aparentemente negativo, al asimilarlo, se transforma, se cristaliza ante mis ojos como algo bello. Cuando escribo, reconduzco, me muestro caminos que no había visto.
La palabra “texto” viene del latín, y significa “tejido”. El arte de tejer ha sido cultivado prácticamente por todos los pueblos, en los cinco continentes –con sus muchísimas y fascinantes diferencias-. Y es una tarea que siempre ha sido llevada a cabo, principalmente, por mujeres. Las tejedoras, a través de colores, figuras y entramado, han contado sus historias y las historias de las civilizaciones, han plasmado formas de entender el mundo. Y el mundo se ha contado a través de ellas.
Las etnias andinas tal vez sean el ejemplo más cercano y relevante de lo anterior. Estos pueblos, aún hoy en día, conservan su memoria ancestral y se esfuerzan en no perder sus tradiciones: en Argentina y el norte de Chile, pero sobre todo en Perú y Bolivia, el awayo o aguayo sigue siendo una prenda de uso cotidiano de las mujeres indígenas. Se trata de telas rectangulares de diseño simple pero de gran colorido que sirven para transportar cosas sobre la espalda, como abrigo o adorno, o para colocar ofrendas. Sobre estos tejidos, las artesanas plasman los sucesos de la comunidad, sus paisajes y su profundo nexo con los ciclos naturales:

Una hormiga en un aguayo verde significa que ha llovido mucho y que los cultivos se han inundado; los cerros nevados son símbolo del crudo y frecuente frío; las franjas azules representan los ríos; la perdiz y el sapo son animales que simbolizan la sequía [1].

Aunque la memoria de estas culturas es anterior a la actual delimitación de los estados políticos, tal vez sea Bolivia la nación donde las raíces originarias están más vivas. Por las calles de La Paz se puede ver, como un elemento cotidiano, el atuendo típico de las “cholas”, con sombrero “borsalino”, coloridas polleras y ponchos. Las mujeres indígenas –en los países altiplánicos, en general- siguen tiñendo la lana de llama u oveja con pigmentos naturales, que obtienen principalmente de distintas plantas. Los colores utilizados tienen un simbolismo en común en toda la cosmovisión andina, así como determinadas formas y figuras tienen un significado específico.
A través de un hermosísimo video sobre el tejido andino, realizado por la artista visual Mariana Tschudi. e inspirado en las enseñanzas de Mario Osorio Olarzábal –quien fuera arquitecto e investigador del conocimiento ancestral de las sociedades andinas-, tuve la enorme suerte de dar con lo siguiente:

Tejer es atrapar la información del cosmos, reconociéndose uno en lo divino (…) Y así nomás, tejiendo, así se va comprendiendo que cada planeta en el universo es un cuerpo vivo, que funciona en relación a otro cuerpo, bajo un solo latido. Y cada estrella es solo un punto, pero un punto indispensable en ese gran tejido (…) Y en la trama se va plasmando, con infinita paciencia, esos miles de años de abstracción que forman parte de su genética y su consciencia [2].

Tejer es unir nexos, al igual que un texto es un conjunto de conexiones –espacio-temporales, simbólicas, sintácticas y gramáticas- y un entramado de referentes que sintonizan las experiencias de quien escribe con la realidad. El tejido y el texto también son entramados de realidades. Tejer, al igual que escribir, es contar una y muchas historias, grandes y diminutas. Todo tejido, de hilos o de palabras, es narrativo porque instaura un orden.
Las mujeres somos grandes contadoras de historias y preservadoras de la memoria, tanto individual como colectiva. Gracias a las tejedoras, los pueblos siguen recordando su identidad y evitan ser devorados por esa maquinaria de destrucción-es decir, de olvido- que es el sistema esclavista de nuestras sociedades actuales. Tener memoria es una forma de seguir siendo libres.
Es por lo anterior que las historias, tanto para quien cuenta como para quien las recibe, son sanadoras. Las historias componen a través de la unión de elementos y recomponen. Donde hay una ruptura, hay una herida; donde hay un encuentro, hay sanación. Tejer y contar son acciones que unen de infinitas maneras, que nos reúnen con nosotros mismos y con lo que nos rodea.
Es cierto, tal vez escribir no sea siempre un acto tan trascendente, o al menos no siempre nos lo figuramos de tal manera. Puede que el solo hecho de componer un texto repare algo dentro de nosotros, lo sepamos o no, y que esa sea finalidad suficiente –más allá de su intención estética o informativa-. Pero cuando ese texto tiene al menos un receptor, adquiere un poder intrínseco inimaginable.
Vivimos una época en la que, se supone, estamos cada vez más “interconectados”. ¿Con quienes y de qué manera nos conectamos? ¿Lo hacemos realmente? Para empezar, pondría en duda que la velocidad de nuestro día a día nos permita estar en conexión con nosotros mismos. Toda conexión requiere un proceso y una buena dosis de nuestra atención.

Quisiera encontrar la manera de recordar cómo ser una, pero no sólo conmigo. Una manera de poner de manifiesto las relaciones que me hacen parte de un gran, único tejido. De recordar la importancia que tiene todo aquello que ha sido despojado de su voz. Porque mis relaciones no son sólo humanas: me relaciono con el lugar donde vivo, con la silla en la cual me siento, con el alimento que consumo y con el cielo que observo. Soy capaz de relacionarme con la suprema inteligencia de un árbol, una hormiga o un objeto. Quisiera tener una manera de recordar, como estas mujeres, que soy parte de una familia infinita.
Contar y recordar. Escribir y tejer. Son maneras de darle voz a todo lo que ha sido silenciado.


Cristina Gálvez Martos (Caracas, Venezuela, 1987). Escritora e poetisa, colunista da Revista Philos e Licenciada em Letras pela Universidade Central da Venezuela. Participou de diversas antologias poéticas editadas na Venezuela, Porto Rico, Argentina e Reino Unido. Fez parte de diversas oficinas de criação literária, entre elas a coordenada pelo poeta venezuelano Armando Rojas Guardia. Entre os anos de 2013 a 2015 se dedicou às oficinas da Casa de las Letras Andrés Bello, promovendo cursos literários, de ortografia, redação e interpretação de textos. Estudia Diplomado en Gestión Cultural en Fundación Itaú.

[1] Schwartzberg, Eduardo. “Tejer la historia: Los aguayos conservan la memoria comunal”. La Razón. 15 de septiembre de 2013. 15 de marzo de 2018.
[2] Tschundi, Mariana. (2017). Tejido andino.

Posted by:cristinaglvezmartos