Las manos se detuvieron y una expresión ahogada recorrió la cadena de voluntarios cuando Paola, la jefa de la brigada, dijo: Vamos a Ixtapaluca.
— Pero, pero — tartamudeó la encargada del centro de acopio; tragó saliva y dijo —: ¿No escucharon las noticias? Los Trallazos tomaron Ixtapaluca.
— No vayan — advirtió una anciana desdentada, sacudiendo a Jorge por los hombros —. Esos hombres son muy crueles.
Ya era muy tarde para dar marcha atrás. La brigada Balderas estaba realmente comprometida con la causa humanitaria que los reunió. Para Jorge, por otra parte, el viaje era también una revancha. En Ixtapaluca había una vieja guarnición del tiempo de la Conquista que Jorge y sus amigos de la infancia creían un castillo. A su madre insistió muchas veces: Ahí estará mi trono y los gobernaré a todos. Tendré arqueros y una corona, una horca para los que se porten mal contigo. Su madre sonreía y le decía: Yo no te quiero aquí, yo quiero que viajes y te hagas ciudadano del mundo. Jorge hizo caso y se fue apenas hubo una oportunidad; no volvió en mucho tiempo.
La brigada ignoró los comentarios y las advertencias necias; tenía la firme intención de ayudar y eso haría. Oscar, Emilio, Itzel y Jorge ágilmente acomodaban cajas de víveres, herramientas y muchísimas botellas de agua en el camión de 3 ½ toneladas. Gente necia, cobardes, dijo Jorge, y Paola bajó la cortina del camión. Nadie les deseó suerte; nadie les aplaudió. Raymundo puso en marcha el camión, y la brigada partió en medio del silencio generalizado.
— ¿Quiénes son los Trallazos? — preguntó Nadia, la hija de unos locatarios de la central de abastos.
— ¿De veras no sabes quiénes son? — interrogó Raymundo.
Nadia negó con la cabeza. Emilio se burló.
Emilio, Paola y Raymundo estudiaban cine. Jorge trabajaba en una oficina. Oscar e Itzel, la única pareja de la brigada, vendían hamburguesas al carbón; llevaban poco más de un año juntos; lucían enamorados.
— Los Trallazos son un grupo de villanos. Nadie sabe de dónde vinieron. Secuestran gente y la obligan a jugar futbol — dijo Jorge.
— ¿Y por qué nadie hace nada? — preguntó Nadia.
— Porque — dijo Raymundo — según los rumores, tienen tratos millonarios con las televisoras y el gobierno.
— Sí, algo así escuché — dijo Oscar —. Dicen que debes ganar su torneo para obtener tu libertad.
— El Invierno 97. Así se llama el torneo ese, ¿no? — intervino Itzel.
— ¿Cuántas ciudades han conquistado? — preguntó Oscar, pero nadie respondió.
— ¿Qué les hacen a los perdedores? — preguntó Nadia.
— Imagínate qué no les hacen — respondió Emilio —. Un amigo me contó que por disposición de Nerón, el jefe de los Trallazos, los perdedores son descuartizados antes de morir.  Hombres y mujeres, sin importar la edad, son organizados en dos grupos. A las mujeres les untan secreciones de burra en la vagina para que sean violadas por asnos; toros bravos sodomizan a los hombres. Después, a un mismo tiempo, cientos de verdugos descuartizan a todos esos pobres diablos. Brazos y piernas son vendidos a una exclusiva cadena restaurantera  que opera en algunas islas del Pacífico. Hay fotos que retratan la barbarie — sentenció. Nadia se llevó las manos a la boca.
— ¿No habrán sido ellos los causantes del terremoto? — preguntó Oscar, y por segunda vez nadie atendió.
— Yo he escuchado que las narraciones de los partidos están a cargo de un equipo encabezado por Christian Martinoli y Luis García — dijo Raymundo.
— ¿Transmiten los partidos por televisión abierta? — preguntó Oscar.
— Entonces, ¿esos terroristas se dedican a secuestrar gente para hacer torneos de fútbol? ¿Los ganadores obtienen su libertad? — preguntó Nadia en retahíla.
— ¿Eres sorda? — dijo Emilio.
— Qué horrible que en pleno siglo XXI sigan ocurriendo esas cosas — dijo Nadia.
— Podría ser peor — comentó Emilio —. Podrían darles espadas y escudos, y enfrentarlos hasta que todos mueran — sonrió.
— ¿Los Trallazos están en Ixtapaluca? — preguntó Nadia, tartamudeando.
— Emocionante, ¿cierto? — respondió Emilio.
— Tranquila — intervino Jorge —. Tenemos un pase blanco. Todos los transportes que llevan ayuda humanitaria tienen inmunidad.
— Tú naciste ahí, ¿no? — preguntó Nadia, arrimándose hasta donde Jorge estaba.
— Ahí crecí — respondió éste.
— ¿Es bonito? — preguntó Itzel.
Itzel miraba con insistencia a Jorge. Él quiso mirarla, pero temió que Oscar se diese cuenta de que su novia le gustaba mucho. Itzel olía a la flor de un árbol que estaba en el jardín donde Jorge jugaba a las escondidas con sus amigos; los ojos oscuros de Itzel miraban desde otro lugar, distante.
— Es bonito — respondió Jorge, sin saber muy bien si lo decía por Itzel o por Ixtapaluca —. Aunque Ixtapaluca — recompuso — no tiene nada importante. No posee una lista de personajes ilustres, platillos tradicionales ni leyendas. Nadie sabía nada de Ixtapaluca hasta la construcción de un estadio gigante de fútbol que se creyó inútil, mas — dijo con el dedo índice levantado —, con la llegada de los Trallazos, todo cobró sentido.
— ¿No había equipos de fútbol antes de la construcción del estadio? — preguntó Itzel.
— Sólo teníamos la liga llanera de tres pesos que patrocinó Antorcha Campesina — dijo Raymundo.
Oscar, Itzel y Nadia no eran de Ixtapaluca; los otros: Paola, Raymundo, Emilio y Jorge, sí. Emilio y Jorge asistieron a la misma primaria, pero nunca fueron amigos. Jorge odiaba a Emilio porque Mariela, la hermana de Jorge, estaba enamorada de Emilio. Mariela falleció cuando cumplió 17. Unos sicarios entraron al bar en donde ella celebraba su cumpleaños y dispararon a diestra y siniestra porque, según se escribió después, ahí estaba uno de los hijos del líder del cartel rival. Beatriz, la madre de Jorge y Mariela, no pudo con la pena: murió dos años después. Él no pudo con el vacío que dejaron las mujeres. Se esforzó pero fue inútil. Durante mucho tiempo llevó flores a sus tumbas, y, en general, trató de vivir en paz en esa casa. A veces le daba por creer que ellas estaban escondidas, jugando las dos con él. Un día, en misa dominical, un gesto, el más sencillo pero el más poderoso: un abrazo, lo hizo entrar en razón: las mujeres a las que él más amó estaban muertas. Un hijo, un niño pequeño, abrazaba a su madre tres bancas delante de donde Jorge se encontraba. Salió corriendo de la iglesia y al otro día siguió el consejo de su madre: se fue.
— ¿Ninguno de ustedes tiene guardaespaldas? — interrogó Nadia, seria, y como Oscar notara que la pregunta no denotaba gracia alguna, muy serio dijo:
— ¿Guardaespaldas? ¿En serio? — todos rieron. Nadie se percató, pero aquél fue el primer y último momento alegre que compartirían juntos desde que decidieran formar la brigada Balderas.

*

Un terremoto de 8.9 sacudió Ixtapaluca y municipios aledaños, sin embargo, la peor parte se la llevó el “lugar en donde se moja la sal”.
El terremoto hundió colonias enteras de Ixtapaluca: la Jiménez Cantú, Los Héroes y la baja San Buenaventura; barrió el centro del municipio — la iglesia, orgullo de los ixtapaluquenses, quedó hecha polvo; la estatua del profesor Telésforo Roldán Yáñez se fue por un hoyo que se abrió en la tierra —; los centros comerciales  Sendero y El Cortijo fueron arrasados hasta los cimientos; Palmas 1, 2 y 3 quedaron reducidas a escombros; la avenida Cuauhtémoc se abrió en dos; no obstante, las partes altas: Acozac, el Cerro del Elefante, la alta San Buenaventura, Loma Bonita y El Tejolote la libraron.
La brigada Balderas se dirigió a Acozac. Desde ahí, en el centro de acopio mejor organizado de la región, se distribuyó la ayuda a las zonas más afectadas por el desastre natural.

*

— ¿Ya casi llegamos? — preguntó Emilio, abanicándose con las manos —. Hace un chingo de calor aquí atrás.
— Ya mero — respondió Raymundo, mientras el aire fresco que se colaba por la ventanilla tremolaba sus cabellos.
Paola, quien hacía de copiloto y rocola, puso Hole in your heart, de Royal Blood.
— Creí que las tortas eran para todo el camino — dijo Nadia a Jorge. Éste asintió al tiempo que deglutía la octava torta de la jornada.
— Una camioneta nos viene siguiendo — dijo Paola y apagó la música. Emilio se armó con un pico, Oscar eligió una almohada y Jorge un mazo. Nadia estaba pálida.
— ¿Acaso les darás un abrazo? — preguntó Emilio a Oscar.
— Soy psicólogo, ¿qué esperabas?
Itzel tomó otro mazo.
Frenaron. Una cheyenne blanca les cerró el paso. Cuatro mujeres gordas, armadas con rodillos para amasar, bajaron del vehículo y, con paso marcial, se colocaron en una formación apretada: dos mujeres al frente y dos detrás, como si se prepararan para librar una batalla. Aullaban y se golpeaban los muslos con los rodillos. Dos mujeres más, arriba de la camioneta, apuntaban sus arcos y flechas hacia los neumáticos del camión. Otra mujer, ubicada en el toldo de la camioneta, ondeaba una bandera verde en cuya superficie estaba impreso un tigre blanco.
— Quédense aquí — ordenó Paola.
— Voy contigo — dijo Jorge.
— ¿Y que crean que viniste a jugar Whac a mole con ellas?  Ni loca. Quédate aquí.
— Puedo ser útil.
— Claro — dijo Emilio —, si nos enfrentásemos a un hato de reses seguro que sí, Ayáx.
Paola bajó del camión. Raymundo le hizo segunda.
Una mujer, la más gorda del grupo, se adelantó al resto y se plantó frente a Paola para discutir los términos de rendición de una batalla invisible. La diferencia era notable: la mujer gorda era monstruosa; Paola era pequeña, delgada. Pronto, Paola ganó la simpatía de la mujer con un comentario hilarante sobre la situación del país, mas, en algún punto de los acuerdos, la líder rompió lanzas y, exaltada, amenazó a Paola con su rodillo negro. Raymundo corrió hacia el camión. Una de las arqueras tensó su arco y lanzó una flecha que por poco alcanza el tobillo izquierdo de Raymundo.
— Emilio, ¿puedes venir? — pidió éste, agitado. Otra flecha rompió el cristal de la ventanilla.
Emilio bajó del camión, dejando tras de sí su faceta de pícaro, y encaró, con aplomo digno de un mosquetero, el reto que tuvo delante de sí.
La mujer al frente miró a Emilio con recelo, y con un solo movimiento de su mano pidió calma a las arqueras, quienes, con ánimos guerreros, gritaban algo a su jefa en una lengua ininteligible. Emilio no se hizo menos, solicitó audiencia y la líder concedió, bajó el rodillo, se cruzó de brazos y prestó atención, demostrando el carácter solemne del que era dueña. Emilio tomó la palabra y con elocuencia habló, exponiendo razones que los del camión no entendían. Así continuó hasta que algo pasó. Las mujeres del grupo: las arqueras, la portaestandartes y la misma líder miraban embobadas a Emilio, asintiendo a un mismo tiempo cada que él hablaba. Estaban hipnotizadas. Emilio fue la sirena que salvó a la brigada de los piratas.
Emilio regresó tranquilamente al camión y dijo:
— Nadia, ¿puedes esperarnos aquí? Vamos, dejamos la carga y regresamos por ti.
— ¿Estás loco?
— No, en serio. Estas señoras no nos dejarán ir a menos que les demos la mitad de la carga. Al parecer el terremoto fue peor de lo que pensamos. Paola y Raymundo prometieron ya dejar parte de lo que traemos, pero las mujeres insisten: No nos dejarán ir a no ser que uno de nosotros se quede con ellas como garantía.
— ¿Y por qué yo?
— Ayúdanos.
— ¿Es en serio lo que estás diciendo? — preguntó Itzel.
— Sí — respondió Emilio —. Lo juro por mi madre — todos miraron a Nadia. Al rato Emilio dijo —: No, no es cierto. Estoy jugando. Ya nos vamos.
— Hijo de puta — gritó Jorge, y se adelantó con el mazo, dispuesto a borrarle la sonrisa de la cara a Emilio. Oscar lo detuvo.
— No vale la pena, amigo — dijo.
— Suéltame, madre Teresa de Calcuta — gritó Jorge, exaltado, sacudiéndose de encima la mano de Oscar, acto seguido encaró al psicólogo de la brigada —. ¿Qué vas a hacer? ¿Darme un abrazo? ¿Terapia?
— Lo estoy considerando.
Raymundo pidió calma y encendió el camión. Paola puso música. I only lie when i love you, de Royal Blood, sonaba.
Cuesta arriba comenzaron las dificultades que suelen tener los viajes largos. El calor en la zona de carga era insoportable, alguien olía muy mal, otro se iba tirando gases, y el calor no hacía sino incrementar la peste; ya no había comida y Raymundo dijo que en cualquier momento el motor del camión fallaría. Y así fue.
Raymundo aparcó como pudo cuando llegaron al centro de acopio.
Los voluntarios salieron como hormigas para descargar el camión mientras nubarrones grises amenazaban con arruinar la tarde. Muchas gracias, dijo un voluntario con los ojos llorosos, ningún camión ha venido en horas.

*

— No — dijo Raymundo, meneando la llave sin éxito en el switch —. No, esta madre ya no enciende.
— No jodas — gritó Paola a los cuatro vientos.
— Menos mal que aún quedan tortas — mencionó Emilio —. Ah, no, Moby Dick se las acabó — y señaló a Jorge.
— Pero tenemos herramientas — dijo Oscar.
— Y almohadas — dijo Emilio. Itzel se acercó y le dio una cachetada.
El camión de la brigada quedó varado justo en la intersección de dos avenidas, exactamente en el punto que servía de retorno. Al rato dos hileras de carros, cuesta abajo y cuesta arriba, se formaron delante y detrás.
— ¿Necesitan ayuda? — preguntó a gritos Omar, el encargado del centro de acopio.
— Necesitamos otro camión — gritó Raymundo.
— Hay que hacer que estos carros se muevan — ordenó Paola.
Raymundo y Omar se quedaron en el camión. Jorge corrió cuesta abajo para detener la circulación y permitir a Itzel que dirigiera la fila de carros que venía de arriba; Oscar y Emilio hacían lo propio esforzándose por que la circulación de los carriles derecho e izquierdo fuese lo más fluida posible. Paola trataba de comunicarse por teléfono con alguien mientras Nadia, paralizada, permanecía al lado del camión.
Había anochecido ya cuando los brigadistas lograron normalizar la circulación.
— A esta noche le hace falta una lluviecita — dijo Emilio.
— ¿Cómo va eso? — preguntó Paola a Raymundo.
— Mal — Raymundo se enjugó el sudor de la frente —. Tardaremos un poco más.
Comenzó a llover y todos corrieron a resguardarse en el centro de acopio salvo Raymundo y Omar, quienes, estoicos,  permanecieron en su sitio, intentando arreglar el camión.
— Gracias — le reprochó Jorge a Emilio —. Ya estarás contento. Puta lluviecita que invocaste, cabrón.
— Cuando quieras — contestó éste —. Aparte de lluvia sé hacer una enchiladas verdes deliciosas.
— Podrían hacer una película de todo esto — comentó Oscar a Paola.
— No lo dudes — respondió ésta.
Una camioneta blanca se acercó hasta donde estaba el resto de la brigada. Itzel tomó por la mano a Jorge. Mudos, todos esperaron lo peor: la revancha de las amazonas gordas. Un hombre calvo bajó el vidrio, encañonó a los muchachos y preguntó:
— ¿Dónde está Nadia, cabrones? — Nadia se adelantó.
— Es mi guardaespaldas — dijo ésta al grupo, y como viera que los semblantes se relajaron, ordenó al calvo —: Ayúdales con el camión — el hombre obedeció.
Al rato el camión estuvo listo. Todos agradecieron con abrazos y besos al guardaespaldas de Nadia.
*
— Pase blanco, mis huevos — dijo el muchacho que encañonaba a Paola. 10 sujetos más apuntaban con sus rifles al resto de la brigada.
— Vinimos a dejar ayuda por lo del terremoto — dijo Jorge —. El pase blanco es inmunidad. Tus jefes deben saberlo.
— Inmunidad, mis huevos — repitió el muchacho, quien, a diferencia de sus compañeros, no usaba casco espartano.
— No traen nada — gritó un hombre al interior del camión —. Nos están engañando.
— No, de verdad trajimos ayuda — suplicó Raymundo —. Podemos ir al centro de acopio de Acozac, ahí fue donde dejamos la carga.
— Acozac, mis huevos.
— ¿Cómo se llama el encargado del centro? — preguntó a Jorge el hombre que había revisado el camión y que parecía estar al mando.
— Omar — respondió éste.
— Omar, mi huevos — arremedó Emilio. El muchacho sin casco se acercó a éste y le dio un culatazo en la boca del estómago. Emilio se dobló.
— Llévenselos — ordenó el líder. Emilio se revolcaba en su propia baba; tres sujetos lo pateaban.

*

Jorge despertó abruptamente. Itzel lloraba, Oscar la abrazaba, Raymundo y Paola dormían juntos, Emilio estaba colgado por las muñecas; lucía mal; lo golpearon hasta desfigurarle el rostro. Nadia la libró. Ella iba en su camioneta con su guardaespaldas cuando el comando armado secuestró a la brigada.
Estaban en una habitación gris medianamente iluminada. Una mujer, en otro cuarto, gritaba que la sacaran de ahí. Alguien más, un muchacho, suplicaba que lo dejaran ir al baño. Jorge se asomó por la única ventana de la habitación. Era virtualmente imposible escapar de ahí. Estaban atrapados en lo más alto de una fortaleza construida en el cerro de El Tejolote, bastión de los antorchistas. Desde allá arriba, Jorge podía verlo todo: el Cerro del Elefante, el mirador de San Buenaventura, el ruinoso parque industrial, la vieja guarnición española que cuando niño creyó un castillo; vio también la zona arqueológica de Acozac y la casa embrujada; lloró cuando vio lo que quedó de la iglesia.
Después de misa dominical, mamá llevaba a Mariela y a Jorge a la pastelería del centro y, pastel de chocolate en mano, los llevaba a casa, encendía el estéreo, El muchacho de los ojos tristes, de Jeanette, sonaba, y Mariela bailaba en el centro de la sala, y el vestido amarillo canario rompía el viento estático de la casa; y entonces, como no queriendo, mamá se rendía ante la dulzura y encanto natural de Mariela y bailaba con ella mientras Jorge comía pastel, sentado en un sillón verde.
— Nos secuestraron los Trallazos, ¿cierto? — dijo Oscar.
— ¿Tú qué crees, pendejo? — respondió Jorge, limpiándose las lágrimas.
— Somos los Ciega sordomuda — dijo Itzel —. Nos toca contra los Día de enero.
— Ni modo — dijo Jorge, resignado —. ¿Alguno de ustedes ha jugado fútbol? — y pateó una piedrita que se encajó en una de las esquinas de esa habitación de cemento.
— Un momento — dijo Oscar —. Los nombres de los equipos son canciones de Shakira, ¿cierto?

*

Sí: Christian Martinoli y Luis García fueron los narradores de los partidos. La gente, a través de las redes sociales, decidía las características del juego: los gladiadores podían jugar desnudos, disfrazados de payasos o usando botargas. El Invierno 97 fue una copia de la Liga MX: 17 jornadas, 8 equipos pasaban a la liguilla, un campeón. Los tres mejores equipos ganaban su libertad; del resto nunca se supo nada más y nadie se atrevió a preguntar por ellos. La brigada Balderas, formalmente nombrada Ciega sordomuda, quedó en tercer lugar. Que me quedes tú fue el campeón de esa edición del Invierno 97. Shakira cantó en el medio tiempo de la final.
Jorge se destacó en la fase regular del torneo; fue campeón de goleo. Fue un delantero matón, un killer; le apodaron Palencia por su cabellera larga y su apetito de gol.
Una vez ganada su libertad, cada quien intentó retomar las riendas de su vida. Oscar e Itzel se separaron. Itzel se metió con Emilio días antes de que el grupo contendiera por el tercer lugar frente a La tortura. Jorge nunca le confesó sus sentimientos a Itzel, y su aversión hacia Emilio creció todavía más. Emilio e Itzel se unieron en matrimonio y Jorge aprendió a perder cosas. Oscar, pobre diablo, se mató dos meses después de la ruptura; se aventó a las vías del metro. Nadia y Jorge se volvieron muy buenos amigos. Se encontraron muchas otras veces. Eran aficionados al helado que un hombre malayo vendía en el Centro Histórico.
Raymundo y Paola colaboraron arduamente en la producción de una película que ganó el León de Oro y estuvo nominada al Oscar como mejor película extranjera. Invitaron a Jorge y a Nadia al estreno en el Festival Internacional de Cine de Morelia. La película, Una temporada en el invierno, es una dramatización de lo que sucedió.
Los Trallazos desaparecieron misteriosamente luego de esa edición del Invierno 97. Jaime Maussan hizo un documental que relacionó a los terroristas con la teoría del absurdo de Camus. Jorge escribió el guión.
Todos volvieron a la ciudad; Jorge se quedó en Ixtapaluca, viviendo en medio de las ruinas, totalmente solo; nadie más quiso volver, y los que quedaban, a la primera oportunidad se fueron. Las tierras quedaron inservibles y el gobierno federal no quiso invertir más y declaró esa zona el relingo más grande del Estado de México.
Jorge hizo de Ixtapaluca su reino: usó una corona para regentar sus dominios desérticos. Seguramente su madre lo miró desde un lugar imposible, sonriendo debido a la ingenuidad o estupidez de su hijo.
La rutina de Jorge fue muy sencilla: por las mañanas salía a correr, las tardes las dedicaba a la reconstrucción de algunos sitios en los que ciertos recuerdos y viejos sentimientos anidaron; y antes de la puesta de sol acudía sin falta al cementerio donde su madre y su hermana descansaban; les dejaba flores y a veces lloraba, y su sombra, estampada contra la luz mortecina del sol moribundo, le acompañaba. Nunca quiso irse de Ixtapaluca. Esa era pues la reivindicación de un reino prometido.
Algunos diarios sensacionalistas afirmaron categóricamente que Jorge fue Nerón, el líder de los Trallazos; y que todo fue parte de un plan que ejecutó a la perfección para apoderarse de todo el municipio; según estas fuentes, Jorge fue el descendiente directo de los fundadores de ese municipio, y eso, por fuerza, lo obligó a reclamar lo que siempre fue suyo; por eso la corona y el necio afán de permanecer en ese páramo inhabitable.
— Yo digo que sigues ahí — le dijo Nadia alguna vez — porque eres un fantasma melancólico.
— Yo digo que sigo ahí — dijo Jorge — porque todos tenemos derecho a habitar el lugar en el que alguna vez creímos que sería eterna la alegría.
Jorge murió a la edad de 54 años, sentado en el viejo sillón donde comía pastel de chocolate mientras su hermana y su madre bailaban el Muchacho de los ojos tristes.


Jorge Meneses (Venezuela). Escritor.

Posted by:Jorge Pereira

Produtor cultural pernambucano baseado no Rio de Janeiro. Fundador da Casa Philos e editor-chefe da Revista Philos. Curador de festivais literários e de arte contemporânea.