La Bestia

En medio del camino de la vida,
errante me encontré por selva oscura,
en que la recta vía era perdida.
La Divina Comedia, Infierno, Canto I, Dante Alighieri

El desierto de Sonora está formado por miles de millones de granos de arena. Es uno de los lugares más inhóspitos del planeta, lo que no impide que el ser humano dispute ferozmente esos granos de arena y levante muros de cemento o de alambre de púas, coloque sensores en esa tierra seca para detectar a los que pasan y cámaras para filmar cualquier cosa que se mueva.

En el desierto de Sonora, Sapo está inmóvil hace más de dos horas. No se trata de un anfibio invertebrado. Este sapo es un bípedo racional, un ser humano llamado Diego Rivera, que recibió ese nombre como homenaje al pintor muralista y que, como él, se ganó el apodo debido a su gordura y a sus ojos saltones. Sapo se quedó inmóvil todo este tiempo por una cuestión de sobrevivencia, como de hecho hacen todos los animales que viven ahí en el desierto. Sabe que es necesario economizar energía. Después de que le dieran un tiro en el hombro y otro en el ojo, a Sapo le pareció mejor no correr, sino quedarse acostado en ese suelo caliente, junto con muchos otros bípedos racionales, esos sí realmente muertos. Sapo fue lanzado junto con ellos a una gran fosa y enterrado de cualquier manera por los empleados de James O’Connell, uno de los muchos rancheros del Estado de Arizona, con su desierto formado por miles de millones de granos de arena, que cambian de nombre dependiendo del lado de la frontera en el que están.

Después de dos horas, Sapo está casi seguro de que está solo, se levanta y lentamente comienza a buscar una manera de no morir bajo el sol. Cerca de él, una cascabel sale de abajo de una piedra, tal vez atraída por el olor de la sangre que gotea del hombre. O a la mejor lo encontró de pura suerte. En ese lugar las serpientes también necesitan de la suerte. La cascabel mira fijamente a Sapo, tal vez preparando el ataque, tal vez esperando a que él se derrumbe sobre algunos de aquellos miles de millones de granos de arena. Ella también sabe que en el desierto de Sonora es necesario economizar energía.

Sapo se acomoda en la rama más alta de un árbol y espera pacientemente. Le gustan los árboles. Desde allá arriba puede ver aproximarse a la presa. Hay muchos animales por ahí. Monos, zarigüeyas, osos hormigueros, tapires. Pero su presa favorita son los guatemaltecos. Atraviesan el río Suchiate, que separa a México de Guatemala. O debería separar. El río no cumple su misión y Sapo se encarga de corregir las fallas de la naturaleza. Ésa es su diversión y también su trabajo. Tirarle a todo lo que se mueva sin autorización en las tierras del Licenciado Gutiérrez. No importa si se trata de un enjambre de avispas guerrilleras o de un ejército de moscas inmigrantes.

El Licenciado Gutiérrez viene de una familia de latifundistas de Chiapas. En cambio, Sapo tiene un origen menos noble. Una familia de comunistas. Su abuelo participó como guarura en el asesinato de Trotsky en Coyoacán en 1940 y obtuvo un cargo en la Secretaría de Agricultura, recomendado por un diputado relacionado con los comunistas. El padre de Sapo heredó el cargo y se indignó con el hijo, que decidió abandonar la seguridad del Estado y enrolarse en la iniciativa privada, esa cosa de los capitalistas. En realidad, Sapo trabaja en un rancho, sí, pero su dueño, el Licenciado Gutiérrez, también es senador de la república. Por eso podría considerarse que Sapo trabaja en un régimen de economía mixta, sin negar del todo la herencia familiar, sino más bien modernizándola. Es un precursor que abre caminos. Y como todos los precursores que andan por ahí, desde Colón, está sujeto a cometer errores.

Difícilmente Sapo falla cuando le dispara a los guatemaltecos, a los que no les importan las tierras que Sapo defiende, lo que quieren es llegar a la tierra prometida, a los Estados Unidos. Sapo acostumbra festejar con los amigos sus cacerías en Boquita del Cielo. Durante el festejo de esta noche, alguien reclama del ruido que él y su grupo arman. A Sapo no le gusta el reclamo, tiene derecho a festejar, hoy fueron más de quince invasores y está seguro de que ninguno se le escapó. Es verdad que el grupo, en su mayoría, estaba compuesto por mujeres y niños, lo que facilitó la tarea y hasta trajo una diversión extra para él y sus hombres. Pero eso no importa. Ellos tienen todo el derecho a festejar. El muchacho que reclama no sabe con quién se está metiendo y tiene mucha suerte de que Sapo esté de buen humor. Sapo se limita a golpearlo y a disparar alrededor de sus piernas, cuando huye corriendo.
Al padre de Sapo le gustaba leer y justificaba su hábito diciendo que siempre hay algo que no sabemos. Leía, sobre todo, las enseñanzas de Stalin, traídas por el Partido, sí, así, con p mayúscula. Pero al hijo nunca le interesaron esas cosas. El padre decía que algún día se arrepentiría. Sapo se acuerda de eso ahora, cuando los empleados del Diputado Ramírez lo rodean y le dicen al muchacho que él expulsó tres noches atrás:

– Dispárale, dispárale en la cabeza.
– No, en las piernas, en las piernas es más divertido.

Pero el muchacho no dispara. Le pregunta si él es Sapo. Sapo apenas dice que sí con la cabeza. El muchacho pide un cuchillo y le rebana el dedo índice de la mano derecha. Se suben todos a una camioneta, se meten por una brecha y, a la orilla de un barranco, le ordenan a Sapo que se baje y corra. Él obedece, lanzándose en zigzag, para huir de los disparos. Y tiene suerte, solamente uno lo alcanza, en el brazo izquierdo. Trata de esconderse en medio de los matorrales, corriendo sin parar durante horas, hasta desplomarse, no sabe si dormido o desmayado.

Por la mañana, Sapo se pone a recoger hierbas para ponerse en las heridas, como su abuela india le enseñara. Hacía bien cuando se escondía del abuelo para andar en los matorrales con la abuela, aprendiendo la herencia indígena. Ella le contaba que descendía de los zapotecas. El abuelo siempre decía que aquella historia era mentira, que ella no descendía de ningún indio y que él nunca habría metido sangre de indio en su familia. Ahora Sapo puede aclararlo. Si muere, el abuelo tenía razón.

Camina dos días entre los matorrales para que no lo descubran, se alimenta también de lo que aprendiera con la abuela, piensa en la persecución sin fin que continuará padeciendo y en las muy diversas formas de escapar con vida. Cualquier cosa menos aquello.

En los alrededores de Arriaga, una extraña procesión. Hombres, mujeres, niños, a los que les faltan dientes, a los que les faltan partes del cuerpo, dedos, una de las manos, un brazo, una pierna, todos caminando al lado de la vía, a la espera. Sapo también espera. La multitud le recuerda las procesiones de la Virgen de Guadalupe de su infancia. Él los conoce. Pasó su vida disparándoles. Ahora comparten el mismo espacio, el mismo aire, la misma desesperación transformada en atención absoluta porque Ella se aproxima.

Lentamente la Bestia se aproxima. La Bestia, que se tragó cada dedo, cada mano, cada brazo, cada pierna que falta. La Bestia, donde tantas noches Sapo y sus amigos se divirtieron, ahora es su oportunidad de seguir con vida. En Chiapas, no tiene escapatoria. Su propio patrón lo mandará matar, cuando se entere de lo que hizo en Boquita del Cielo. Sapo dispara bien y es mejor todavía obedeciendo. Pero hay muchos como él. Por eso disputa el espacio a codazos y salta hacia adentro del vientre de la Bestia.

No. No. No. Cuántas veces repitió la palabra. Su hija quería un perro. Pero él siempre se lo negaba. Su mujer intercedió varias veces. Pero él continuó negándose. ¿Cuándo va a ver nuevamente a su mujer y a su hija? Todos ahí deben tener la misma duda. Conversan, embalados por la Bestia. Es bueno conversar, para olvidar lo que dejaron atrás, compartir los sueños que vendrán y no dejar que el balanceo de la Bestia los sumerja en el sueño y los haga abatirse en las vías y las ruedas de fierro. Pero Sapo no habla con nadie. Cuando tiene hambre, simplemente toma la comida que tenga al alcance. Un muchacho reacciona y Sapo lo tira a las vías. Y la Bestia sigue, cortando México a la mitad.

En la primera parada del tren, en Ixtepec, todos tratan de encontrar una manera de esconderse. Y con razón. Primero viene la policía, que detiene a un grupo grande de clandestinos. Horas después algunos de ellos reaparecen. Son los que tenían alguna cosa de valor a ser robada. Al resto lo enviaron a alguno de los innumerables campos de detención dispersos por el país. Después llega el turno de los coyotes, que cobran de los migrantes una y otra vez. Sapo no piensa en esconderse. ¡Es mexicano, chingada! ¿Cómo puede ser confundido con guatemaltecos, salvadoreños, nicaragüenses? Pero algo le dice que desaparezca. Los zapotecos, o lo que sobró de ellos, viven por ahí en Ixtepec. Tal vez la sangre, que su abuela puso en sus venas, le esté dando un aviso. Incluso sin creer en esas tonterías, obedece.

Y la Bestia sigue, bamboleándose en las vías que atraviesan el infierno para llegar al paraíso. Medias Aguas, Tierra Blanca, Orizaba. Sapo ve mujeres que se acercan a la vía férrea y toma su revólver. Tendrá que aprender a disparar con la mano izquierda, pero ahí nadie lo sabe, nadie siente como él las heridas que laten bajo los parches. Cuando la Bestia las alcanza, ellas entregan bolsas de plástico a los que van en el tren. Sapo consigue agarrar dos. Una con dos botellas de agua, y otra con pan y galletas. Guarda el arma. Mira alrededor una vez más. Ve el rostro de su abuela en los rostros de muchas de aquellas mujeres. ¿Cuántas veces se cogió a esas mujeres, en los prostíbulos de Chiapas?
En Orizaba, la policía rodea el tren de nuevo. Sapo está en el grupo. Los policías obligan a todos a quitarse la ropa y los examinan uno a uno, en el culo y en la vagina, buscando dinero o cualquier cosa de valor. Mientras recoge sus pertenencias y su ropa, Sapo ve el viejo volcán de Orizaba, la montaña más alta del país, que sigue inactivo. Su última erupción fue en 1687.

Ciudad de México. Centenas de atracciones, una de las mejores cocinas del mundo, historias de pueblos milenarios. Aquí viven 20 millones de mexicanos, un pueblo alegre y dispuesto a recibir a los que llegan. Vas a quedar maravillado con las Pirámides de Teotihuacán, los murales de Diego Rivera, los centros comerciales con sus tiendas y todas las marcas del mundo, el Palacio de Bellas Artes, el Mercado Gourmet Roma, la arquitectura del Centro Histórico, los restaurantes de comida típica, Coyoacán, el barrio bohemio, donde está la casa de Frida Kahlo, el centro comercial Antara, el más sofisticado de América Latina, corridas de toros, ballets folclóricos, lucha libre. Todo eso y mucho más es la Ciudad de México, con los brazos abiertos para recibirte.

Adiós. Si no llego ni muero, te veo de nuevo en las vías, me cuelgo de nuevo en tus vagones. Ellos abandonan la Bestia, rumbo a los más de tres mil kilómetros de frontera que separan o unen a México con los Estados Unidos. Entre mercancías, armas y drogas, ellos son el contrabando que tiene más difícil atravesar esos kilómetros. Hay muchas ciudades gemelas en la frontera. Brownsville, en Texas, y enfrente Matamoros. Columbus, en Nuevo México, y del otro lado Palomas. San Diego, en California, e inmediatamente del otro lado de la cerca, del muro y de las cámaras, Tijuana.

En El Barrio de Neza-Chalco-Izta, Sapo se junta con Matías, Agustín y Julio, tres hermanos salvadoreños que intentan entrar a Estados Unidos por cuarta vez. Hay muchos perros en el barrio y Sapo se acuerda de su hija, antes de subirse a la camioneta que los llevará a Nogales. Allá intentarán atravesar la frontera por el desierto de Sonora. Matías conoce el desierto como la palma de su mano, la mano que no perdió en la Bestia.

Matías, Agustín y Julio no volverán a subirse a la Bestia. Llegarán al paraíso y están tirados en el suelo, cubiertos de arena. Sapo está aprendiendo a disparar con la mano izquierda. Va bien, consiguió acertarle a la cascabel en la cabeza. Ahora mira los miles de millones de granos de arena del desierto de Sonora y piensa en qué rumbo habrá de tomar.


Cesar Cardoso (1955) nació en Rio de Janeiro y publicó los libros de cuentos As Primeiras Pessoas y Os Urubus em Círculos Cada Vez Mais Próximos (editora Oito e meio), y coisa diacho tralha (poesia, editora Texto Território). Es autor de varios libros de literatura infantil y juvenil. Escribió para la revista Caros Amigos y para los periódicos O Pasquim y Planeta Diário. Guionista de TV, escribió programas como Tv Pirata, A Grande Família y Zorra. Mantiene el blog PATAVINA’S (http://cesarcar.blogspot.com).

Publicado por:Jorge Pereira

Recifense, produtor cultural, editor-chefe da Revista Philos e criador da Casa Philos.