Sarahí

Cuando conocí a Sarahí su vida giraba en torno a la libertad. Se autodenominaba revolucionaria. La primera vez que la vi unos amigos y yo fuimos a estudiar a los prospectos de nuevo ingreso. Los demás enfocaban sus miradas en las caras bonitas, pechos grandes y en los culos bien formados. Me fijé en Sarahí porque era esbelta, alta, con cabello negro y largo; iba vestida con un pantalón de mezclilla, camisa blanca. Me atrajo su sencillez.

Un día salí de la facultad, había un volante pegado en un poste de luz que decía: «El Colectivo Restauración convoca a una reunión para hablar sobre las calamidades que genera el Estado fallido». El volante colgaba junto a uno donde anunciaban cursos de inglés y a otro que ofrecía renta de cuartos para estudiantes. Antes de irme Sarahí apareció, con su celular le tomó una fotografía a dicho volante en color rojo, tipografía negra y un logotipo de varias manos con el puño cerrado. Esperé a que se fuera e hice lo mismo.

La reunión marchaba más o menos como la imaginé. Mi único interés era Sarahí. Ella estaba maravillada con las palabras de los ponentes aunque permanecía callada, me fui a sentar cerca de su pupitre, le invité brandy que llevaba en una anforita, lo aceptó. Comencé a aplaudir al final de las opiniones y a participar, así me gané su atención. Tres días después fuimos a tomar unas cervezas. Hablamos de la Revolución Bolchevique, del ascenso Lenin al poder junto a la extinción del régimen zarista y de las purgas por inanición que ordenó Stalin; aquella noche tuvimos sexo en un hotel de Santa María la Rivera mientras escuchábamos Dreams de Cranberries.

Fuimos novios pero no pude ocultar mi indiferencia por sus creencias y rompimos. Conseguí trabajo de conserje —lo primero que encontré— porque había reprobado varias materias. Sarahí ya andaba con un tipo llamado Roberto, un fósil de la universidad y uno de los miembros del Colectivo Restauración, el tipo tenía unos 40 años.

Yo iba de vez en cuando a la facultad para enterarme de los exámenes extraordinarios. Un amigo me comentó que Sarahí colaboraba en una estación de radio por internet enfocada a la crítica social. Según los rumores tenía sus devaneos con el mero mero de ahí, un viejo que según era un superviviente de la matanza en Tlatelolco.

Seguí la programación hasta que Sarahí dejó de aparecer, luego supe que formaba parte de varias organizaciones estudiantiles que clamaban por reafirmar la democracia, acabar con la corrupción, entre otras consignas. Yo conocía a varios líderes estudiantiles, eran unos holgazanes que con el discurso de la desigualdad, o algún otro, ganaban adeptos y los movilizaban a eventos de corte político, por eso nunca me gustó ir a sus reuniones.

Nunca fui un sujeto que le gustara defender las causas sociales. Me fascinaba la soledad. En la escuela nos dieron la típica clase de disección de ranas, me gustó tanto que en mis tiempos libres comencé a diseccionar ratas, gatos y perros. Siempre quise diseccionar personas pero, a diferencia de los otros animales, nunca me atreví a matar a alguno y dejé la carrera antes de llegar a las prácticas de anatomía humana.

No supe más de Sarahí, perdí el interés en estudiar, seguí trabajando —según yo— hasta encontrar algo mejor pagado, pero fui conserje muchos años. Un día el administrador del edificio me dijo que un político se cambiaría y que estuviera al pendiente para ayudarlo en lo que necesitara. Era el Director General de Justicia en Xochimilco. Un sujeto desagradable a la vista: obeso, mal encarado, chaparro y para rematar calvo. La compensación a esa imagen ridícula era su mujer: hermosa, parecía modelo, tenía unas piernas fantásticas y olía a perfume caro. Me cohíben esas mujeres, me da pena verlas a los ojos, cuando lo hice, ahí estaba: era Sarahí.

No la reconocí debido a su porte, distinto al que tenía, por su ropa de marca, por el peinado que obedecía a su nuevo estatus social y a su cuerpo más definido. Cuando yo subía a su departamento para “arreglar algo”, nos revolcábamos en la cama, aunque era mecánico; parecía más un ejercicio de revancha hacia su esposo que un placer, su cuerpo trémulo sólo se calmaba cuando yo la abrazaba.

Recibía pocas visitas. Jamás vi a alguien que pareciera familiar suyo. Su vida transcurría en hacer las compras, clubs de lectura, clases de yoga y otras nimiedades. Le propuse que se fuera conmigo, me tomó entre sus brazos, sentí su deseo por fundirse en mí para desaparecer. La situación era complicada. Su esposo la tenía retenida. Sarahí estuvo involucrada en robos y quemas de varias patrullas en el Estado de México. Al momento de las pesquisas el grupo al que pertenecía fue vinculado con varios delitos, el más fuerte: un intento de secuestro al hijo de un Senador.

Según las indagatorias Sarahí estaba en el escalafón más bajo de la organización y no tenía conocimiento de la mitad de las cosas que ahí se gestaban, aunque eso no mejoró su situación, era cómplice en toda esa porquería. Fue cuando uno de sus amigos —su actual marido— que agarró hueso en su época de dirigente, la sacó del problema. Gastó mucho dinero y favores para que no la asociaran con la banda, para que su nombre no apareciera en medios de comunicación y para destruir los expedientes que la condenaban.

Al principio lo que fue su salvación se convirtió en otro infierno. El hombre la coaccionó para que se casaran. Ella me confesó que la obligó a realizarse toda suerte de cirugías estéticas y a colocarse el DIU, porque abusaba de ella todos los días y no quería preocuparse por embarazos. Él y sus amigotes tenían reuniones en casas de seguridad confiscadas a bandas del crimen organizado, se emborrachaban y ya puestos violaban a Sarahí.

Al final escapó. Lo teníamos todo planeado. Ella investigaría en internet formas de cruzar la frontera hacia Centroamérica, también cómo obtener la ciudadanía en la Argentina, Chile y Colombia, renovó su pasaporte. No se iría, dejaba pistas falsas en el historial de navegación. Se cortó el cabello, compró ropa barata y fue a vivir conmigo. A los curiosos les decíamos que estábamos comprometidos. Teníamos preparada la historia de que ella era sirvienta en una casa cerca de mi trabajo, cuando salía al mandado me veía podando los árboles y platicábamos, así nos conocimos. Mentira que jamás nos hizo falta contar.

Quedamos en que se haría cargo de las labores domésticas, que cuando saliera a lo que fuera, hablara —lo necesario— e hiciera buenas migas para crear una imagen común, los fines de semana lavaba la ropa y nos quedábamos en casa viendo películas. Seguí trabajando en el edificio. La desaparición de Sarahí no se hizo pública. Una vez escuché a su esposo responderle a un condómino que su mujer estaba de viaje. Antes de medio año el tipo se mudó. Sentí que Sarahí se encontraba a salvo, aunque no me confié y permanecí en mi puesto un año más. Corté toda comunicación con mis conocidos de la facultad, si alguno se enterara podría hablar de más y no pretendía dejar ningún cabo suelto. Lo único que me solicitaron para el empleo fue mi certificado de secundaria, si investigaban a los conocidos de Sarahí les iba a ser complicado descubrir que fuimos a la misma universidad y que tuvimos una relación amorosa.

Por aquellos tiempos mi madre falleció, nos fuimos a vivir a su casa. No tuve hermanos, mi padre murió cuando yo era niño, estábamos solos. No fue difícil seguirle los pasos a su marido. En el portal del Gobierno de la Ciudad se encontraba el directorio de todas las áreas, una vez terminada su gestión tomó un trabajo similar en un estado del norte de la República. Supimos —por ser una figura pública— que se volvió a casar e hizo una familia. En ese momento dimos por terminada la cacería, incluso pensamos que ésta jamás se dio.

Sarahí fue perdiendo el interés por vivir. En los últimos meses no se levantaba de la cama. Todos los días me agradecía por la ayuda. Nunca lo asumí como una obligación, seguía enamorado como el primer día que la conocí. Aunque sabía muy bien que por todo lo que vivió ella nunca me correspondería. Me daba igual, hasta lo disfrutaba, es decir, Sarahí estaba tan indefensa que me daba placer cuidarla. Con mi licenciatura trunca conseguí trabajo en un laboratorio. La llevé a varios psicólogos, luego con psiquiatras, pero no mejoró, vivía enclaustrada, lo contrario a su existencia de constante búsqueda. Le compré toda clase de libros subversivos, trataba de revivir la antigua pasión que le conocía. Mas nada funcionó.

Poco a poco Sarahí fue llenando la casa con todo tipo de objetos: periódicos, cajas vacías, publicidad de restaurantes y bancos, chácharas del tianguis, botellas de refresco, ropa usada, una enorme pila de peluches; cuando le llevaba comida ella no quería tirar las bolsas en que me la envolvían. En pocos años estábamos invadidos por la acumulación. Apenas y había veredas para desplazarse en la casa.

Por las condiciones de insalubridad era de todos los días ver ratones, cucarachas, alacranes y varios caminos de hormigas. Sarahí se molestaba cuando le tiraba sus cosas. Comencé a realizar robos pequeños a sus espaldas. Esperaba a que Sarahí se durmiera y llenaba una bolsa con desperdicios para tirarla al día siguiente de camino al trabajo. Un esfuerzo inútil, ella —no sé cómo—se daba cuenta cuando algo le faltaba y por cada bolsa de la que yo me deshacía Sarahí apilaba tres más de basura. Pronto dejé de luchar y me acostumbré a vivir así, Sarahí estaba conmigo y eso era lo importante.

Un día llegué a casa y la encontré con varios frascos de pastillas alrededor suyo, estaba fría y rígida. Le di primeros auxilios, no había tiempo para ir al hospital, hice un lavado interno de estómago para expulsar los químicos que la intoxicaban. Fue muy tarde. Me tranquilicé y reflexioné sobre la carga que ella soportaba. Ahora estaba en paz.

Héctor

Qué parte de mí no haciendo parada le dice a ese microbús que se detenga. Veo alrededor y no hay nadie. Otro pinche chófer que se detiene sólo a verme las piernas. Lo que me enfurece es que el camión que sí espero viene detrás y al ver que este baboso no se mueve, lo rebasa y se va. Y todavía me hace señas para subir. Ya parece que voy a irme con ese mugroso que acaba de hacerme perder mi transporte. Espero unos minutos otro camión.

Llevo cubre bocas porque me irrita la gente que no se tapa en hocico al toser. Se piensan que no pueden contagiar a nadie o les vale, luego una tiene que atenderse y pagar medicamentos porque los desconsiderados no cuentan con una pisca de civilidad. Llego tarde y digo que se me pegaron las sábanas, no quiero echarle la culpa al tráfico, suena tan falso por cierto que sea.

Escuchar a mis compañeros es otro fastidio, hablan de lo mismo, que si fulano se contradice en esto o aquello; como si ellos fueran estandartes de coherencia, tarados, todo el tiempo andan ligándome pero en las fiestas de fin de año están bien portaditos al lado de sus esposas. Soy recomendada y en los cinco años que llevo aquí he visto casi de todo: a muchachos guapos y con iniciativa que al nutrirse del ambiente burocrático pierden tanto lo segundo como lo primero.

Han reducido su inteligencia y engordado la cartera, lo que más de alguna chava desorientada toma como símbolo de éxito. Las chicas que aún no terminan la carrera y vienen a hacer sus prácticas sienten que están en las puertas del paraíso cuando alguno de estos ojetes las llevan a restaurantes de lujo donde en una comida se gastan hasta $10,000 pesos. Es natural, son niñas acostumbradas a comer garnachas y a ganar ese dinero en dos meses. Si supieran la tranza que existe detrás de esto no serían tan crédulas. A mí no me apantallan. Desde niña he vivido como todo muerto de hambre aspira. Mi padre está retirado pero tuvo una brillante carrera dentro del servicio público, me contó varios secretos para que no me achantara al desenvolverme en estos ambientes.

Se termina el día y me apresuro a salir, no sin antes disuadir con bromas de oficina las invitaciones a tomar una copa he insinuaciones sexuales de uno que otro imbécil. No tengo humor para regresar en transporte público, pido un taxi, tengo coche pero sólo lo uso para visitar a mis papás e irme de viaje los fines de semana. Quedé con un tipo muy guapo que trabaja en el área de limpieza, llevamos rato viéndonos pero lo mantenemos en secreto. Es delgado, algo entrado en años, su voz es grave y segura, tiene el cabello en forma de hongo, se nota que lo cuida, siempre huele a shampoo, ese olor me excita más que el de cualquier naco que se baña en Hugo Boos.

No quiero algo serio con él. Me gusta pero quiere terminar —a la edad que tiene— sus estudios en biología y continuar superándose, lo que me parece magnífico aunque no quiero estar ahí cuando se le termine la paciencia de tomar siempre el camino honesto o cuando yo tenga 30 años y el 55. Nos vemos en un hotel de Tlalpan, en ese momento las jerarquías desaparecen. Me da cachetadas y me dice: «pinche vieja creída». El hombre es capaz de aguantar hora y media sin venirse. Es tierno, aunque la mayor parte del tiempo me chupa y muerde los pechos como un animal, me aprieta las nalgas hasta dejármelas rojas y me penetra de forma violenta con los dedos de la mano.

Desde hace tiempo quiere hacer un trio conmigo y otra mujer. A mí no me gustan esas tonterías, aunque últimamente lo estoy considerando. Jamás he hecho uno y la idea de que la otra persona sea de mi sexo lo hace más atractivo. Él me dice que ya tiene confirmada a la chava con quien nos acostaríamos. Le voy a decir que sí, nada más por experimentar, pero le daré largas, si me aviento a la primera voy a dar pie para consentirle lo que sea.

Le pone empeño a la relación. De vez en cuando me escribe poemas eróticos que acompaña con fotografías nuestras desnudos. A veces —en el trabajo— se pone a declamar aquellos versos en voz baja cuando paso junto a él, también me pasa canciones que nunca había escuchado como It´s Your Life de Milla Jovovich. Por el contrario, la idea sobre detalles de mis compañeros es gastar mucho dinero en viajecitos de placer, entre mayor sea el gasto más grande es el complejo que desean compensar. La mayoría de los que trabajan en la oficina tienen un origen humilde que desean ocultar, eso me repugna, yo no soy quien para hablar pero mi padre comenzó desde abajo y no me da pena que lo sepan.

Héctor me cuenta que en los baños —a más de uno— ha visto hacer la putería de peinarse para tomarse selfies, no me extraña, cuando veo sus fotografías de perfil los panzones se las toman desde arriba para disimular la papada, los flacos y feos se retratan viendo al horizonte, proyectando una profundidad que no tienen, las fotos más ridículas son donde salen de espaldas con los brazos extendidos frente a un hermoso paisaje, como dando a entender que se sienten realizados. Lo que me gusta de Héctor es que no le rinde culto al proliferado narcicismo de las redes sociales, habla de cosas interesantes. Hace un mes me sorprendió al platicar sobre los judíos. Casi no le entendí, me decía de judíos sefardíes, que para evitar la persecución ocultaron su identidad y se asentaron en España, en su momento tuvieron mucha influencia en la conquista de América y por supuesto que se beneficiaron económica y políticamente del saqueo.

Hoy haremos el trío, me parece una fantasía sobrevalorada pero aun así estoy nerviosa. Será en la casa de una tal Sarahí. Héctor me lleva de la mano, me dice que ella nos está esperando. Por su forma de desplazarse es obvio que conoce muy bien la vivienda, pienso que se acostaba con ésa al mismo tiempo que conmigo, me dan celos pero los ahuyento, salir con un berrinche a estas alturas sería patético. Llegamos a la habitación, ella estaba sobre la cama, parecía dormida, Héctor entró al baño no sin antes pasar su mano por mi sexo. Me sonrió.

Me acerco a la chica, la habitación desprende una gélida atmósfera.

— ¿Hola, hola? —tartamudeo.

No me responde. Lentamente le quito el edredón que la cubre. Palidezco. Sé que es real lo que hay frente a mí pero carece de esencia. No puedo gritar. Héctor sale desnudo del baño empuñando un cuchillo, me somete con facilida

—Sarahí. Cómo estás. Te traje a la hija de ese cabrón. Sigue dormida, yo voy atender a las visitas como se merecen.


Antonio Guevara (México, 1982). Ha publicado los poemarios: Humano fragmentado (2015), Voz del cadáver (2016) e Instantes en la mente de nadie (2017). Sus cuentos y poemas aparecen en diferentes medios físicos y electrónicos como: Nocturnario, Revarena, Monolito, Letramía, SinFín, Los Heraldos Negros, Revista Palabrerías, Revista Philos y Nido de Poesía.

Publicado por:Jorge Pereira

Recifense, produtor cultural, editor-chefe da Revista Philos e criador da Casa Philos.