La vida es Honduras

Mi querido nieto Stefânio,

se te debe hacer raro recibir noticias mías desde tan lejos, a mí también se me hace raro recibir noticias mías, yo mismo me pregunto todos los días al despertar si yo soy yo mismo y si yo soy yo mismo todavía y hasta cuándo seré yo mismo hasta que empiece a ser otro, las cosas cambian tan rápido, mi querido Stefánio, qué nombre tan raro te puso tu padre. Tu mismo padre, muchacho, el mismo Mirinho se la pasaba cambiando, debe ser hormiga lo que tenemos en la sangre, o una especie de hervor, una facultad de mantenerse en alta combustión, pero mira que últimamente ando con la temperatura bajo control, yo ando bajo control, ando bajo el reinado de una diosa maya, he ahí mi felicidad.

¿Tú debes tener qué, unos dieciocho años ahora? ¿Será que Argemiro ya volvió del Norte? ¿Cuál será el Norte de Mirinho? Yo no sé nada, mijo, voy descubriendo algunas cosas poco a poco, pero la gente del movimiento me garantizó que si tú eres tú mismo y participas en el movimiento esta carta te va a llegar. Qué cosa rara escribir una carta sin saber si la carta le va a llegar a la persona, mi vida ha sido un rosario de eventos raros e historias inconexas, mi mente ha sido una carta que no sabía llegar a su destino, ¿y no será este nuestro destino, mijo, andar y andar y andar y nunca llegar? Yo ahora tengo un norte, Stefânio, y ese norte son las ruinas mayas de Copán, escondidas por allá en las honduras del bosque tropical de Centroamérica, déjame que te cuente, sin un norte en la vida no podemos caminar, aunque esa frase no tenga sentido porque yo me pasé la vida entera caminando sin norte, o mejor dicho, sin saber que mi norte era doña Lili, que está allá en la cocina ahora, terminando de preparar los dulces. Si no fuera por doña Lili yo no estaría escribiendo esta carta ahora, yo no estaría pensando ahora en viajar a Honduras, sin ni siquiera salir de Honduras. Calma, Stefânio, ya llegaremos allá, digo, ya llegaré aquí. ¿Tú ya encontraste tu lugar? ¿Un lugar tuyo, un cuarto, una cama, una choza, un pedazo de cartón, un grano de arena?

Una vez leí en algún lugar que lavar los trastes nos ayuda a escombrar la cabeza, y lo mismo arreglar la casa es arreglar la mente, y que nuestra casa es nuestro cerebro, lo que explica por qué yo no conseguía ni hablar bien cuando llegué aquí a la Mansión, Stefânio, y la verdad yo todavía no sé si ya sé hablar bien, me doy cuenta de que mi mente se quiere ir para otro lado a cada rato, como si fuera una lagartija, ¿pero si el rabo de la lagartija se queda en mis manos cómo quedará mi pensamiento, mitad para acá, mitad para allá? ¿Será que el pensamiento es una cosa que sólo se va a un lugar, mijo, cómo ves? Tú eres joven, debes tener más discernimiento y sagacidad, espero que esta carta nunca te llegue porque si te llega es señal de que estás con la gente del movimiento, y si estás con la gente del movimiento nunca vas a tener paz, vas a vivir dando vueltas de un lado para otro. Doña Lili me trajo un pedazo de pastel de chocolate igual al que me ofreció cuando llegué aquí, me gustaría mucho que lo pudieras probar, mijo, mi sueño es cantarte las mañanitas en cuanto regrese de Copán, pero no sé si lo voy a conseguir, ya estaré muy viejo. ¿Sesenta y cuatro años es mucho, Stefânio? Había una canción sobre volverse viejo a los sesenta y cuatro años pero no me acuerdo de quién es, tú que eres joven debes saber usar esas cosas de la computadora y puedes dar una investigada, a mí ya se me pasó la edad de recordar ciertas cosas. Sólo me acordé de lo que me había pasado cuando me comí el pedazo de pastel de chocolate que doña Lili me ofreció aquella vez en que llovía tanto que me moría de miedo de las gotas de lluvia que se desplomaban en el techo sin rebocar, ella me dio un pedazo de pastel para consolarme, y al tercer pedazo me acordé del pastel de chocolate que tu abuela te hizo en tu segundo cumpleaños, parece que fue hace mucho tiempo, pero fue hace bien poco que estábamos todos juntos en aquella casita de la calle Artur Alvim. La primera casita que conseguí comprar después de mucho tiempo recogiendo papel en la calle, pero tu papá nos ayudó y la compramos y vivíamos cinco pero todo estaba bien, tu boca llena de pastel de chocolate me acuerdo como si fuera hoy, ¿todavía comes chocolate?

Hoy que tengo un cuarto me parece increíble que haya vivido con otras cuatro personas en dos metros cuadrados, ¿imagínate nomás cuando esté viviendo en las ruinas de Copán? Investiga en la computadora sobre Copán, doña Lili me dijo que es uno de los lugares más bonitos del planeta, y si ella lo dice yo lo creo porque fue con su pastel de chocolate que volví a acordarme de todo, volví a acordarme de ti, de tu padre Argemiro y tu madre Luciele y tu abuela Miracema y de los cohetes aquella noche del incendio en la calle Artur Alvim y de todo el mundo que desapareció y de mi colchón en el barrio del Moinho y de mi perro Flamel cuando ocupamos el Engenho y de mi fiebre cuando ocupamos la calle Consolação y hasta de la época en que trabajé en la industria química que fue cuando empecé a olvidarme de las cosas y me despidieron y acabé con tu madre en una casita de la calle Artur Alvim que se incendió. ¿Tu madre Luciele todavía vive contigo, Stefânio? ¿Tu abuela murió de verdad en el incendio o todavía vende pasteles en la calle? ¿Tu padre de verdad se fue a trabajar a la transposición del río São Francisco, no? ¿Sabes que volví a fabricar bombas? Jaja, bombas de chocolate no, eso es cosa de doña Lili, que ya está terminando de trabajar en la cocina, necesito apurarme con esta carta.

Aquella noche llovía, llovía, y doña Lili ponía pedazos de pastel de chocolate en mi boca y yo le pregunté dónde estaba, y ella dijo estás en la Mansión, y yo le pregunté cuál Mansión, y ella respondió la Mansión de la calle Honduras, vives aquí junto con otros 26 viejos, estamos viviendo aquí desde hace seis meses. Y entonces entendí que abandonamos la ocupación de Alto Alegre para venir a ocupar esta casa en pleno Jardim América en São Paulo, una casa que doña Lili había encontrado en sus andanzas, y descubrió que estaba abierta y tuvo el plan de traer para acá sólo a los compañeros de edad avanzada, 27 almas y sus cachivaches, ella pensó en una casa de reposo, pero en realidad era una maternidad de muertos, o por lo menos hasta que empezó a hacer sus pasteles de chocolate. Doña Lili pensó que si la ocupación se volvía una casa de reposo el movimiento no sería mal visto por los residentes del barrio, a fin de cuentas estamos en el barrio más rico de São Paulo, lo que quiere decir uno de los lugares más ricos de América Latina, una ironía del destino para personas como nosotros que no tenemos destino porque Honduras es el país más pobre de América Latina y ahora somos vecinos de las personas más ricas de la ciudad, como el alcalde, Stefânio, ¿sabías que el alcalde vive a unas cuantas cuadras de donde estamos y nunca vino a preguntar si necesitamos alguna cosa?

El plan no salió muy bien. Cuando se enteraron de la ocupación, los vecinos llamaron a la policía, pero la policía no podía hacer nada sin una orden de desalojo, quedaría muy mal sacar a la calle a dos docenas de viejitos bien cerca de la casa del alcalde. No teníamos agua potable, no había electricidad, ni el camión de la basura se llevaba nuestros desperdicios. Era como si no existiéramos en Jardim América. El plano de los vecinos fue ése, hacernos sentir extraños. Como si de por sí no nos sintiéramos extraños en todos los lugares por donde pasamos. Eso fue hasta que doña Lili tuvo la idea de hacer pasteles, ella es una pastelera de las buenas, ni te lo imaginas, Stefânio. Tuvo la idea de hacer pasteles y vendérselos a los veladores y vigilantes del barrio. Y los veladores y vigilantes y los porteros se fueron amansando y empezaron a comprar nuestros pasteles y así comenzó a entrar un dinerito a la Mansión. Y cuando yo comí los pasteles de doña Lili volví a recordarlo todo, o casi todo, porque las historias retornaban revueltas en mi cabeza, tengo que contárselas a doña Lili porque sólo así me doy cuenta de que estoy pensando de verdad, de que realmente tienen sentido. Y cuando me acordé de las historias me acordé de mi trabajo en la industria química y me acordé de mis mañas y de todos los cigüeñales de la dirección hidráulica en los que yo era experto, como por ejemplo arreglar las tuberías y conectar diablitos y ¡zas!, de repente teníamos agua y luz en nuestra Mansión. Los tipos de las casetas de seguridad de las mansiones de los alrededores estaban encantados con el pastel de chocolate y con el pay de pollo y con la empanada de palmito de doña Lili y hasta los compañeros más arrugados pudieron comprar medicinas y mejoraron de salud y empezaron a caminar por las calles sin miedo. Yo no entendía aquello, Stefânio, cómo era que Honduras podía ser vecina de México y de Estados Unidos y de Argentina y luego ahí en el Jardim Europa está la calle Italia y la calle Alemania y Francia y España y que todas esas calles fueran las más ricas de la ciudad y que en todas esas calles existieran casas abandonadas. Había casas centenarias sin nadie dentro, de todos los estilos, casas de hacienda, románticas, inglesas, francesas, clásicas, barrocas, modernistas, todas vacías. Incluso las casas habitadas parecían abandonadas, los únicos que vivían ahí eran perros, veladores, vigilantes, sirvientas, caseros, jardineros y toda esa gente se fue enviciando con los pasteles y los pays y las empanadas de doña Lili, Stefânio, porque no sólo doña Lili era una excelente pastelera sino que también redescubrí mis mañas secretas que había aprendido en la industria química e iba poniéndole ciertas cositas a los pasteles. Y pintamos nuestra Mansión y arreglamos los portones oxidados y deshierbamos el jardín y plantamos rosas y reconstruímos el tejado y el forro y pusimos una plaquita Casa de Reposo del Movimiento en la fachada y luego hasta el camión de la basura volvió a pasar en la puerta de la calle Honduras número 175 y luego me di cuenta de que por primera vez en la vida en dos décadas yo tenía un código postal, ¿entiendes lo que eso significa, mijo?

Muy hondo, me dijo doña Lili, cuando le pregunté qué quería decir Honduras, fue el nombre que Cristóbal Colón le dio al país en 1500, exactamente el año en que Cabral llegó a Brasil. Muy hondo, mijo, y cuando doña Lili me dijo eso me enseñó su otro hornito y yo volví a sentirme hombre de nuevo, un hombre con código postal y equipo de buceo. Y un hombre con código postal y equipo de buceo necesita descubrir nuevos océanos y nuevas cavernas marinas y nuevos seres abisales, por eso doña Lili, que además de ser pastelera y de tener un horno volcánico y de descubrir casas perfectas para ocupaciones también conoce a todo el mundo, me habló de las ruinas de Copán, y pasábamos las noches agarrados de la mano comiendo pastel y soñando con explorar el pasado maya, y desde que cumpliste dos años era la primera vez que yo me daba el derecho de soñar, y soñar nos da derecho a crear nuevos nortes.

Ahora voy a terminar esta carta y a dejarla para que el muchacho del Movimiento la venga a buscar. Vamos a llevar nuestros antojitos a los veladores muertos de hambre que cuidan las inmensas propiedades vacías aquí en Jardim América y vamos a poner en práctica los conocimientos que aprendí en la industria química para ocupar lugares nuevos. Esta vez no va a acontecer ningún incendio: vamos a hacer todo bien y los dueños de las casas abandonadas van a entregar lo que por derecho pertenece a la gente del movimiento. Si todo sale mal, ya sabes lo que pasó. Si todo sale bien, Stefânio, nuestra próxima correspondencia no va a partir de la calle Honduras, y sí desde la mismísima. Fue difícil llegar hasta aquí, pero, a pesar de que soy viejo, a pesar de que no tengo techo, y, dicen, a pesar de que soy un orate inútil, mi equipo de buceo y mis honduras todavía pulsan y funcionan, y estoy seguro de que mis nuevas bombas también van a funcionar. Soy viejo y pobre y desamparado pero no soy tonto. Primero vamos a tomar América, después vamos a ocupar Europa. Pero por mientras la vida es Honduras, mijo.

Calurosamente,

Afrânio B.

P.D. Doña Lili manda un beso y la receta de su famoso pastel de chocolate.


Ronaldo Bressane nació en 1970 en São Paulo, donde vive y trabaja como periodista, editor y profesor de escritura creativa. Publicó la novela Mnemomáquina (Demônio Negro), el libro infanto-juvenil Sandiliche (Cosac Naify), el volumen de cuentos Céu de Lúcifer (Azougue) y la novela gráfica V.I.S.H.N.U. (Companhia das Letras). En 2017 lanzó la novela Escalpo (Reformatório), que viaja por varias ciudades de América Latina, y el libro de poesía Metafísica Prática (Oito e meio).

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Publicado por:Jorge Pereira

Recifense, produtor cultural, editor-chefe da Revista Philos e criador da Casa Philos.