Diarios de una guerra particular

São Paulo, 29 de abril de 2015.
Acabo de llegar de La Habana y ya en la librería del Aeropuerto de Guarulhos busqué una Moleskine de Bogotá. Me explico: como no encontré una Moleskine de La Habana (debe existir, pero no la encontré) y como, después de meses en Europa, se volvió tradición llevar una Moleskine nueva a cada viaje que hiciera a una ciudad por conocer, me llevé esa libretita de la Naranja Mecánica que vino de regalo cuando compré el libro y, para compensar, pensé en comprar después la de Bogotá. No la encontré. Los planes de viaje incluyen Medellín y Calí, de manera que por lo visto tendré bastante trabajo para poner a funcionar tres Moleskines al mismo tiempo, si es que las encuentro. Deben existir.
En el avión, entre Whiplash y This Is the End, me puse a pensar en la última plática que tuve con Cato sobre las negociaciones de paz entre el Gobierno de Colombia y las Farc, cuyo 35º ciclo ocurrió como es habitual en la capital cubana al mismo tiempo que el periodo que pasamos en la Escuela de Cine de San Antonio de Los Baños. El tema eran las víctimas del conflicto armado. Saldo (oficial) de unos 220 mil muertos y siete millones de desplazados en casi sesenta años. “Ya es hora de exigir que se abran los archivos secretos (de la lucha contra los rebeldes)”, protestó el comandante guerrillero Paulo Catatumbo en una de las reuniones. De acuerdo. Sin embargo, un mea culpa no habría estado de más.
No se trata sólo de la expulsión de campesinos e indígenas de sus territorios, de las mujeres violadas, de las ejecuciones, de todos los crímenes contra la humanidad asumidos o no por la organización (y por los otros grupos paramilitares, además del propio Estado). Lo que más nos chocó fue el rumor que corría por la Escuela sobre la existencia de una ruta de tráfico de cocaína que conectaría a las Farc con oficiales del Gobierno de Venezuela y a estos con grupos terroritas islámicos que actuaban en África. En caso de ser verdad, tendría mucho sentido la conexión entre la reciente apertura de Cuba y el hecho de que las negociaciones de paz se estuvieran realizando en La Habana.
Pero el autobús ya va a partir, continuaré después.

Belém, 18 de mayo de 2015.
Leí que el Consejo Nacional de Narcóticos de Colombia suspendió, por siete votos a uno, y a pedido del presidente Juan Manuel Santos el pasado día 9, las fumigaciones aéreas con glifosato. Otro factor de desplazamiento poblacional en masa: además de las enfermedades dermatológicas y de la pérdida de los cultivos que no eran de cocaína, estudios han identificado la relación entre el agrotóxico y el linfoma de No-Hodgkin, e incluso malformaciones fetales. En el libro Nuestra guerra ajena, el periodista Germán Castro Caycedo afirma que tales fumigaciones son ejecutadas por mercenarios yanquis, ex-soldados del ejército norteamericano, para mapear y pre-apropiarse del territorio amazónico y sus riquezas naturales (léase agua) valiéndose del narcotráfico como chivo expiatorio. Algo parecido a lo que hicieron en Medio Oriente con el petróleo (en misiones oficiales) usando el terrorismo como excusa. Junta narcotráfico con terrorismo internacional, imagínate, y qué guerra más bonita no resultaría. Ojalá que el próximo presidente de los Estados Unidos no acabe siendo Trump.

São Paulo, 02 de octubre de 2015.
La casa cayó. El rumor parece haberse confirmado: un juez norteamericano acusó a dos oficiales venezolanos de tráfico internacional de drogas – Pedro Luis Martín, ex-jefe de inteligencia financiera del servicio secreto, y Jesús Alfredo Itriago, ex-investigador de la policía anti-narcóticos. Me acordé de esta libretita. Cato se sorprendió de mi llamada por el Messenger. Conversamos horas sobre la información. Confirmar la supuesta relación con el terrorismo islámico será cuestión de meses, mínimo semanas. O la izquierda latinoamericana toma providencias fisiológico-estructurales ahora, de manera radical y con visión de futuro tal y como lo exige el momento, o en breve, muy en breve, incluso el “demasiado tarde” va a caducar.
Me parece que ya se puede concluir sin miedo a caer en el ridículo: en su lecho de muerte, por más que niegue el papel de buen marido traicionado, Fidel prefirió ver a su amada patria de brazos abiertos a los norteamericanos antes que sufrir anticipadamente la certeza de que su pueblo, sus hijos, por quienes arriesgó la vida en Sierra Maestra, acabarían rindiéndose a los encantos del narcotráfico cuando por fin falleciera Cuba, que se volvería un nuevo y anhelado puesto intermedio de cocaína y escala para kamikazes. Por eso también las negociaciones fueron en La Habana, Raulito tocando al son de su hermano mayor. Pacificar el Amazonas Colombiano, desarmando a las Farc y, consecuentemente, exonerando a los guerrilleros del servicio de protección de los productores de cocaína asociados a los terroristas africanos, fue su canto de cisne. Una excusa mejor todavía que los soviéticos sería la amenaza comunista del siglo XXI: el fundamentalismo islámico.
Coincidentemente, recibí una alerta de boleto a Bogotá a 700 dilmas. Aunque yo no creo en coincidencias.

Bogotá, 25 de noviembre de 2015.
Perros olisqueando en prácticamente todas las esquinas de la Zona Rosa, primera parada en cuanto salí del aeropuerto. Al preguntar si el motivo eran las drogas, un agente de seguridad privado me confesó: “Aquí a nadie le importan las drogas, el problema de verdad son las bombas”. Me atropelló una bicicleta cuando iba a Chapinero, todavía no me acostumbro a las ciclovías en medio de las calles. Por lo que parece, en verdad a nadie le importa el consumo libre de drogas en Bogotá. Hipsters se metían rayas despreocupadamente en medio de un putero de la Zona G. Encontré a la anfitriona del hostel donde me hospedaría en Usaquén acompañada de su amiga de la infancia, por entonces novia de uno de los DJ’s del lugar y dealer en su tiempo libre. La amiga de la infancia me ofreció la mejor cocaína que había experimentado hasta que su novio apareció (de muletas: a la pareja casi se la cargó el payaso hace unas semanas cuando la moto nuevecita del chavo se estrelló a 140 km/h contra una camioneta en sentido contrario) y me reventó las narinas con el polvo más puro que he inhalado en mi vida.

Bogotá, 26 de noviembre de 2015.
Tomé la contraseña con un informante en la Calle 16 con la Carrera 14, la calle entera ocupada por talleres mecánicos, motocicletas que se alineaban de un lado y del otro por toda la extensión de la larga cuadra, individuos malencarados y sucios de grasa, cumbia que reventaba las bocinas, humo de carnes asadas baratas y mil escapes que apestaban el aire. Mucho más adelante, palomas y mendigos se disputaban el espacio en las puertas de los pequeños casinos que rodeaban la fuente en el centro de la Avenida Jiménez de Quesada, donde me senté para fumar un cigarro y después seguir rumbo a la Calle 13 con la Carrera 7, a la altura del Edificio Henry Faux, justo enfrente de la Iglesia de San Francisco: punto de venta ilegal de esmeraldas a plena luz del día, un montón de viejecillos sosteniendo paños llenos de piedritas verdosas. Le soplé la contraseña al oído a un señor que vestía una ruana púrpura, tal y como me dijeron, y él me condujo hacia el interior del edificio. Entramos al elevador y subimos hasta el último piso. Por fin cara a cara con

ya hospedado en un caserón antiguo en el centro histórico luego de nueve horas de viaje en un autobús que subía y bajaba los cerros a lo largo del distrito macondense de Santander, nada muy distinto de cualquier orilla de carretera de América Latina, decidí beber. Plaza de los Periodistas, bajando la Carrera 46. Una lea, tan borracha como acabé yo, me enseñó el significado del verbo juniniar, arriba de la Carrera 46 y adentro del cuarto y casi abajo de la cama. También descubrí que caco aquí quiere decir ladrón. ¡Qué chimba!
Mientras tanto, en La Habana, el jefe de la Delegación del Gobierno de Colombia, Humberto de la Calle, anunciaba los quince principios para mantener la paz “de todos los colombianos”, entre ellos: la verdad es el punto de partida para reconstruir el tejido social.

Medellín, 30 de noviembre de 2015.
Cato está de trabajo en Bucaramanga, lo vi en Facebook, y por lo visto ni nos vamos a encontrar. Ni siquiera tuvo chance de responder mis mensajes. O simplemente no quiso responder nada referente a la herencia histórica del asesinato de Jorge Eliécer Gaitán en 1948 y la dictadura que sobrevino en 1949, lo que culminó con el nacimiento de las Farc en 1964. Comprensible. Al menos para mí. Tuve oportunidad de discurrir sobre el asunto con tres muchachos en el Museo Casa de la Memoria, quienes se quedaron encantados con la historia del brasileño que investigaba casos sobre las relaciones entre Colombia y Brasil en el área del narcotráfico. Traté de zafarme cuanto antes, con la sensación de que había hablado de más. Qué chanda.
De ahí me fui rumbo a El Poblado, barrio donde ocurrió el célebre atentado contra la familia de Pablo Escobar en el Edificio Mónaco. Hoy en día, según la fuente con la que me encontré, El Poblado está ocupado por laboratorios de refinamiento montados en mansiones que colindan con las residencias de la élite paisa y que son controlados por los cárteles mexicanos. Después de la muerte de Escobar y de la caída de los hermanos Rodríguez Orejuela en Cali,

y que hoy ya no pasa de punto turístico con escaleras eléctricas hasta la cima (teóricamente destinadas a los ancianos de la Comuna 13) donde el mayor peligro que se corre es pisar por accidente a un cachorro de Pitbull colocado meticulosamente atrás de la hilera de Instagramers amontonados en el mirador y que el dueño del perrito le cobre al incauto turista el valor de una consulta al veterinario. Sin presión.

Cali, 03 de diciembre de 2015.
Había quedado de encontrarme con alguien en el Parque del Perro a las once de la noche en el Blondie, hora y lugar definidos por insistencia de la fuente. Fui caminando desde la casa donde estoy en San Antonio, confiadísimo después de una madrugada de salsa y rumba en el Tin Tin Deo con mi anfitriona, Karla, bailarina holandesa y profesora particular de danza. La fuente, por supuesto, nunca dio la cara. Ya después de la media noche, decidí agarrar camino. Pero antes, por supuesto, tenía que mirar de cerca la famosa estatua del perro que le da nombre a la plaza. Prácticamente el único espacio vacío entre la multitud aglomerada alrededor del cordón de coches que circundaba el parque escupiendo cumbia. Sentía que todas las miradas se dirigían hacia mí. Lo que sólo empeoró conforme me fui internando rumbo al centro, hacia el perro. Conjuntivas relucían en el mosaico de los faroles que traspasaban las copas bajas de los árboles en medio de la oscuridad. Y la bocota del perro alabastrino como una aparición dando abrojos justo en mi cara, con la lengua de fuera. Instante en el que me di cuenta de la cagada en la que me había metido. Ahí sí traté de agarrar camino. Sólo que agarré el camino equivocado. Toda una cuadra tomada por una muralla. Justo en medio, un árbol cuyo tronco tortuoso ocupaba casi toda la banqueta, invadiendo los límites del muro. Dos opciones: seguir recto por la brecha entre el árbol y el muro, quizá el azar de una escalera, o contornarla por el asfalto. En cuanto elegí la primera, todavía escéptico, escuché el rugido del motor y de inmediato una moto me cerró el paso y levanté las manos en alto. Sí, un arma me estaba apuntando. Sí, cerré los ojos lo más fuerte que pude y pasó esa supuesta película completa y todo eso con un “joder, me descubrieron” en loop de banda sonora – pero sólo una vez, una vez y media, tiempo para que el individuo se metiera la pistola de vuelta en la cintura y para que dos manos enormes me esculcaran los cuatro bolsillos en tres segundos y se llevaran todo: libretita, celular, cartera con documentación y tarjeta de crédito, treinta mil pesos y dos cajetillas de cigarros. El maricón ni siquiera me dejó un cigarro para aliviar el estrés. Sólo la pluma.
Luego, al dar la vuelta en la esquina, ya recuperado del schock, encontré mi libretita tirada en el asfalto. Por lo menos hizo el favor de devolverla, o descartarla. Páginas aleatorias arrancadas. Tomé la Calle 5 y volví a “casa”.

Cali, 04 de diciembre de 2015.
Con sólo veinte mil en efectivo, mi destino parecía ser de verdad nunca salir de Cali. Sin embargo: conseguí convencer al gerente del banco por teléfono (usando toda la plata que me quedaba) para que liberara mi tarjeta de débito aunque yo no pudiera hacerlo presencialmente como manda el protocolo. Chévere. Plan B: de la estación de autobuses directo al aeropuerto de Bogotá, sin escalas.

Belén, 17 de diciembre de 2015.
La Policía Civil detuvo ayer un submarino en construcción en una isla cerca de Vigia, al nordeste de Pará, supuestamente al mando del narcotráfico. Capacidad para 30 toneladas de cocaína – o pólvora, es igual. La zona centro-norte de Colombia, controlada por los cárteles mexicanos, que se apropian de los ríos amazónicos como desagüe alternativo al Pacífico, ya demasiado monitoreado por las autoridades. El resto, todos lo sabemos hasta la saciedad: los submarinos son mucho más discretos que los helicocas.

São Paulo, 17 de febrero de 2016.
En una entrevista publicada en la edición de hoy en el Diario Las Américas, lo que puede ser la palada de cal a la izquierda bolivariana: Javier Cardona Ramírez, ex-jefazo del narcotráfico en la Colombia de los años 80, acusó a Diosdado Cabello, oficial de alta jerarquía del Gobierno Venezolano, de dirigir el Cartel de los Soles al lado de su hermano José David y del Coronel Hugo Carvajal, los cuales venderían cocaína al Estado Islámico, Al-Qaeda y Hezbollah en África. Ramírez llegó a comparar a Cabello con el mexicano El Chapo, así de grande es el control de los Soles sobre el tráfico en la región, que movería entre 40 y 50 toneladas de coca por mes, compradas de las Farc y valiéndose de la Guardia Nacional Venezolana. La campaña de reelección de Maduro en 2014, inclusive, habría sido financiada con dinero del cártel – al parecer, sin conocimiento del sucesor de Chávez.
Descubrí que no: no existen Moleskines de ciudades latinoamericanas. Fue Cato quien me lo dijo, riéndose de mi indignación. Reapareció. Divagamos sobre su venida a Brasil.

São Paulo, 17 de marzo de 2016.
¿Que si faltaba alguna cosa? Ahora ya no falta: nuestra ley antiterrorismo se hizo realidad.

São Paulo, 18 de marzo de 2016.
En Colombia, el Senado aprobó por votación unánime la semana pasada la Reforma a la Ley de Orden Público. Zonas de concentración para las Farc y garantía de la suspensión de las órdenes de captura contra los guerrilleros.
En Brasil, un Golpe de Estado en marcha, sin embargo: todos aplaudiéndole a Lula en la Avenida Paulista. Después de mucho pensarlo, decidí no ir. Una vez que se desvela la ruta Farc/Venezuela/Isis-AlQaeda, se entiende de pronto la ecuación brasileña y la fisura en el Partido de los Trabajadores: la gente de Lula/Falcão de un lado, la gente de Dilma/Genro del otro. Dirceu en medio. La sutil e insostenible diferencia entre políticos y guerrilleros. ¡Viva Bessias!

São Paulo, 11 de abril de 2016.
Lula afirma al periodista británico Glenn Greenwald, en entrevista exclusiva al Intercept, que está contra la legalización de las drogas. Entre otras cositas más.
OBS: Investigar sobre “El Caso Atibaia” revelado en 2000 en la CPI del Narcotráfico, en la que fueron denunciados asesinatos ocurridos en Maricá, en Rio de Janeiro, con la supuesta participación de empresarios atibaienses. Esto se pone cada vez mejor.

São Paulo, 04 de mayo de 2016.
Resulta que el Consejo Nacional de Estupefacientes de Colombia autorizó hoy retomar la fumigación con Glifosato. Ahora de manera manual. Al detalle: con la guerra finalizada, las Farc desarmadas, el área debidamente despoblada post-desplazamientos, el avance a partir de ahora es por tierra, ya no por el aire, con la consecuente prisión flagrante de los productores (“terroristas”) que aún estén activos. Amazonas Legal pacífico-legalizada. Los Estados Unidos se vuelven no sólo los garantes de la región como del principal productor de cocaína del mundo. La culpa fue de la izquierda, que dio muchos motivos. Que juzgó que la derecha se quedaría mirando todo callada y con los brazos cruzados. Y no se quedó.

São Paulo, 17 de junio de 2016.
Poco más de un mes después de que se dictaminó prioridad para tramitar el proceso del helicoca, Gustavo Perrella, quien recibió dos llamadas del piloto antes de despegar con el helicóptero de su familia y los 445 kilogramos de cocaína rumbo a una hacienda en Espírito Santo, fue nombrado (bajo el mando de su padre Zezé) Secretario Nacional de Futbol de la Dictadura Temer. Según el piloto, Paraná estaba en la ruta y la coca se quedaría almacenada en Janiru, en el interior de São Paulo, proveniente de Paraguay. Hace algunos días, el Estadão publicó una entrevista con el periodista inglés Misha Glenny, en la que recordó el caso del cargamento de coca exportada a España dentro de carne bovina despachada por un frigorífico del interior de São Paulo, lo que fue descubierto en septiembre de 2015 por la Policía Federal en la Operación Caravelas. La droga llegaba en avión al estado de Mato Grosso do Sul y de ahí también se dirigía a Paraná, pero proveniente de Colombia, más precisamente: de Medellín. Mera coincidencia, por supuesto: se trataba de buche. Aécio incluso aceptaría que su nombre se ligara al contrabando traído de Paraguay para despistar, pero a la carne de segunda, jamás.

São Paulo, 22 de junio de 2016.
Hay un Acuerdo de Paz: cese al fuego bilateral oficialmente firmado.
¿Me voy a Colombia?

São Paulo, 24 de junio de 2016.
Dilma habla exultante de lo que definió como hecho histórico: “Es de celebrarse el acuerdo de paz entre el gobierno colombiano y las Farc alcanzado en La Habana”. Ninguna palabra de Lula.
Por si fuera poco: tampoco de Cato. Nunca más mandó noticias.

Belém, 18 de julio de 2016.
Está en manos del pueblo colombiano: la Corte Constitucional aprobó el plebiscito para refrendar el acuerdo de paz con las Farc.

Santarém, 20 de julio de 2016.
Mientras tanto, en Brasil, se descubre que Datafolha manipuló los datos de sus encuestas y trató de callar la voz del pueblo que clamaba por nuevas elecciones.

Monte Alegre, 21 de julio de 2016.
¿Por qué no me sorprende el hecho de que uno de los sospechosos de terrorismo aprendidos hoy sea del Amazonas? Por lo que parece, los golpistas vendieron de verdad la Selva Amazónica a los norteamericanos a cambio de paz y orden, del progreso de unos cuantos. Jungmann, por ejemplo, de la Reforma Agraria al Ministerio de Defensa. Un desarticulador de alto nivel de toda la vida. Con la información que acabo de recolectar acá por los rumbos de Tapajós, estoy seguro de que antes de lo que se espera.


Caco Ishak nació en Goiânia en 1981 y fue criado en Belém. Ha publicado Má reputação (7 Letras, 2006) y Não precisa dizer eu também (7 Letras, 2013). Su primera novela, Eu, Cowboy, fue publicada en 2015 por la editorial Oito e Meio. Pasó 2015 entre Brasil, Cuba, Colombia y su habitación (en tránsito por algún hoyo negro), conspirando. “Diários de uma guerra particular” es algo parecido a un prólogo para su nueva novela, todavía sin título.

Caco Ishak, nasceu em Goiânia em 1981 e foi criado em Belém. Pela carioca 7Letras, lançou Má reputação (2006) e Não precisa dizer eu também (2013). Seu primeiro romance, Eu, cowboy, foi publicado em 2015 pela Oito e Meio. Passou 2015 entre Brasil, Cuba, Colômbia e seu quarto (em trânsito por algum buraco negro), conspirando. “Diários de uma guerra particular” é algo como um prefácio de seu próximo romance, ainda sem título.

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Publicado por:Jorge Pereira

Recifense, produtor cultural, editor-chefe da Revista Philos e criador da Casa Philos.