Apuntes [1] de Lillian Wormick

Me cuesta tanto conocerme, entrar en mí misma, que le he permitido a otros entrar en mí.

Me he llegado a sentir a mí misma a través de ellos, pero me temo que no ha sido a la inversa: ellos sólo se tienen a sí mismos.

En la arquitectura del amor la he hecho de obrera, diseñadora, restauradora, pintora, plomera y demás. Me pregunto por qué nunca se me ha concedido habitar aquello que he construido.

Hace mucho que no lluevo, que no caigo en ninguna parte.

No soy tierra, no soy semilla.

Soy lluvia suspendida sin mojar a nadie.

Aquello que de paraíso tuvo la intimidad, tu pecho montaraz, tu entrepierna robusta, ahora es una intemperie, un hogar sin techo.

Mi cuerpo guarda silencio sin el lenguaje de tus manos. Sin el idioma de tu lengua en mi piel: estoy hecha ya de soledades.

Las mujeres amamos la parte vulnerable de los hombres, sin saber que eso es lo que nos destruye: ellos no soportan saberse vulnerables.

El amor es una herida lenta, una laceración que una misma se realiza. Jamás sana y, cuando más o menos la tenemos cerrada, vamos a buscar otra parte de nuestro cuerpo para hacernos una más, para amar otra vez. Y así pasan los años y los amores: entre llagas.

He tenido muchos nombres y me he levantado de muchas camas. A estos años ya no me da pena decirlo. Los hombres me han llamado de muchas maneras: mi vida, mi cielo, amor mío. Hubo un hombre que me llamaba “heladito de limón”. Ahora no queda nada de eso. No soy heladito, ni vida de nadie, ni siquiera de mí misma.

Para bien aborrecer hay que conocer bien.

Los hombres me han llenado de muchas maneras. Pero también han sacado, vaciado cosas de mí. No sabría decir cuáles, ni describirlas, y menos definirlas. Sólo sé que es un vacío, un algo que me ha ido preparando para la muerte.

Nada nos hermana más una a otra como la desgracia. Así ha sido y así será. Ni siquiera la felicidad más luminosa nos une tanto como el dolor más profundo. Pero no es por solidaridad, sino porque por fin nos sentimos acompañadas y unidas en la aflicción.

La edad, los años, la vejez me han enseñado la peor desgracia, una que no vi venir, una de la que nadie habla y de la que nadie me previno: la extinción de la seducción. Yo solía levantar la mirada, caminar, cruzar una pierna, detenerme sin ningún propósito, girar la cabeza, sonreír, quitar el flequillo de mi frente, y algo sucedía, alguien volteaba. Y ahora, todo es silencio.

—Tú no sabes nada —me dijo. Y era cierto. Yo no sabía nada. Nunca lo supe. Y tampoco lo quiero saber ahora. Nada de ese mundo tan suyo. Tan incierto. Tan inasible. De ese mundo del que nada queda porque nada hubo…

En esta cama —sí, en esta que ahora cargan estos hombres de la mudanza, sucios y sudorosos— hicimos las cosas más felices, tiernas y celestes. En ella procreamos a dos hijos, en ella discutimos hasta ver el sol, sobre ella dimos volteretas hasta bañarnos en un mar de sal como si tú y yo fuéramos el Caribe al que siempre quisimos ir.

Y ahora ni cama, ni casa, ni nada.

Me doy cuenta cuando un hombre miente por varias razones y en diferentes circunstancias: cuando dice que es guía de sus hijos, cuando dice que es sostén de su familia, cuando señala las infidelidades de los demás hombres, cuando nos dice a las mujeres lo que debemos hacer. Estoy vieja y ahora lo sé. Me hubiera ahorrado muchos sinsabores de haberlo sabido antes. Para nuestra fortuna, las mujeres no necesitamos hacer ni decir lo que ellos hacen: llevamos a cuestas, y con mucha felicidad, a los hijos. No nos importa si esta o aquella se acuesta con quién, mientras no sea con nuestro amante, y no nos importa no decirles a ellos cómo hacer las cosas. Ya bastante desgracia tienen con ser hombres.

Como el río que va arrastrando sus piedras, así son mis recuerdos sobre ti. Ni lavadas, ni lisas: piedras que hieren y, sin embargo, parecen aquellas sobre las que estuvimos sentados aquel sábado al mediodía, solo viendo correr el agua.

Cuando se está enamorada jamás se excluye la confidencia. Nos damos al otro como la leche materna al recién nacido. Hacemos y observamos crecer una relación: la miramos andar, le enseñamos nuestro único y secreto lenguaje, la dejamos libre. Sus dos piernas son el diálogo mutuo. Anda por el mundo. Si uno empieza a guardarse algo, la relación tropieza. Y vemos cómo se va lisiando aquello a lo que le dimos vida. Hasta que aquel ser creado por dos se empieza a entumecer, se postra en cama, deja de comer y muere. Ya no tengo la otra pierna que me hacía andar. Jamás he encontrado otra y, extrañamente, me sigue doliendo como si la tuviera todavía pegada al cuerpo.

Jamás entenderé cómo llegan las palabras a los hombres. Mi ex marido me dijo una vez: “Sí, te mentí, pero jamás debiste creerme”. Me las encuentro ahora en el Hamlet de Shakespeare: “You should not have believe me”. Él era incapaz de leer a Shakespeare pero, por lo visto, algo se repite en el espíritu masculino.

El parto nos ha enseñado a las mujeres que para que cualquier cosa sea fructífera debe ser fatigosa. Quedamos marcadas por esa idea-sensación, y nuestro futuro sigue esa norma. ¿Cómo sería la vida sin hijos?

Mi nombre no es sagrado. Mis pechos no son sagrados. Mi útero tampoco lo es. Sin embargo, la mirada de mis hijos al amamantarlos, al servirles los alimentos o llevarlos a la cama me hace sentir eterna y etérea.

He alimentado a mis dos hijos con mis dos pechos. No, corrección: les he puesto los dos senos en sus bocas para mantenerlos ocupados, para callarlos.

Nota

I

Hace unos días me escribió Sebastián Fund [2] para enviarme una carpeta de su obra. Vi la imagen “La sombra 1” [3], que ya había visto en su taller –hacía unos meses–. Una imagen fuerte, inquietante. En aquella ocasión el poeta Ignacio Ruiz-Pérez y yo visitamos el taller de Fund en Xalapa, Veracruz. Era mediodía. Pude ver durante una hora la obra de Sebastián, de quien ya conocía su taller anterior y, por supuesto, su obra, que admiro. Por alguna razón “La sombra 1” me hizo pensar en Lillian Wormick. Es una escritora, una mujer de la que nunca he podido saber nada, por más que la he gugleado. La he buscado en catálogos de editoriales, bibliotecas y no he dado con la mínima referencia de ella en alguna página electrónica.

II

Hace años, en un viaje a Londres, me encontré un librito sin pastas (más bien una serie de folios doblados y engrapados) y firmado por una tal Lillian Wormick. Lo hallé en un tiradero de la Goldsboro Books, una librería a la que siempre me gusta ir a husmear porque, como se sabe, está especializada en primeras ediciones y libros firmados. En las vitrinas pueden verse los primeros volúmenes de Austen, Dickens o Conrad y, si tiene uno suerte, antes de ser vendidos, las firmas de Orwell o Compton-Burnett. En una mesa, de la que colgaba un letrero de £1, nada había llamado mi atención en los minutos que dediqué a curiosear, hasta que vi un cuadernillo de hojas amarillentas cuyo título era Without Life de L. W. Lo compré, naturalmente por el precio (una libra, frente a las 9,500 de la primera edición de Oliver Twist), y porque la dedicatoria había llamado mi atención cuando lo hojeé: “To the Others”.

Llegué al hotel –ya faltaban dos o tres días para dejar Londres–, y me tiré a hojear los demás libros que había comprado. Nada me hizo ver con más detenimiento esas hojas humildemente engrapadas que aspiraban a ser un libro. Llegado el momento, ya en casa, en México, puse junto a mi mesa de trabajo una pila más de libros, de los que supuestamente leería de inmediato. Todo lector sabe que esas lecturas “inmediatas” quizá nunca se realicen, que los libros permanecerán intonsos, y aquel deseo de cuando está uno en la librería y los compra con el apremio de leerlos, se va aminorando al paso de las semanas y los meses. Unos libros pasan sin escala al estante que les corresponde, otros más van al buró (los que corren con mejor suerte) y uno se queda en las manos: es el que sí lee uno de manera que raya en la urgencia. Me quedé en las manos con una biografía sobre Alan Bennett, ese autor tan desternillante, ácido y cruel del que me interesaba saber más de su vida. Pero se había quedado en el escritorio Without Life, simplemente porque no sabía a dónde acomodarlo. No tenía noticia de Wormick, no sabía si era realmente inglesa, o neozelandesa o sudafricana y, como todo neurótico del orden, no me permitía meter por descontado a esta mujer en la literatura inglesa sin tener certeza de ello. El libro en sí no daba mayores indicios: en lo que cumplía las veces de página legal sólo decía Author’s Edition, 1982, ©All Right Reserved. Las modestas hojas no proporcionaban señal alguna. A quienes se lo he enseñado me dicen que están “mimeografiadas”; el mimeógrafo era una suerte de fotocopiadora que se usaba en aquellos años y que yo desconozco; no porque sea muy joven –acabo de cumplir cincuenta años–, sino que nunca vi uno: en mi época de estudiante ya fotocopiaba indiscriminadamente los libros prestados o de la biblioteca.

Empecé a leer el volumen a ver si me daba alguna pista de quién era Lillian Wormick: alguna otra dedicatoria, la mención a alguna ciudad o río, la alusión a alguna época, en fin, alguna pista que saciara mi curiosidad.

Fui leyendo frase a frase todas las hojas y mi búsqueda se transformó en escalofrío. Jamás había leído algo así. Pocas veces había visto tan dolorosa honestidad. Me dio tristeza lo que leía. Pensé en mi madre, en mis hermanas, en alguna mujer amada y me pregunté cómo habrían vivido o sentido ellas aquello que leía. Sentí pena por Wormick, pero me consolé pensando que quizá todo era literatura, que todo era una invención. Me puse a traducir esto que no sé si son poemas, apuntes, un diario, aforismos. Me tentó la idea de inventar un heterónimo y ocultarme atrás de ella. Ponerme su máscara. Finalmente, no había rastro de ella por ningún lado, no había que pagar ningún derecho o permiso por su publicación. No pude. El respeto hacia su memoria –en caso de que lo escrito lo hubiera vivido ella– me hizo desistir. Me sentí como si estuviera a punto de darle un golpe más, como si le ocasionara un nuevo dolor. ¿Y si aún vivía? ¿Y si por azares del insatisfecho destino se enterara que alguien tradujo fragmentos de Without Life al español?

III

Vi “La sombra 1” y vi de cuerpo entero a Lillian Wormick. Con los años encima, con sus demonios al lado, con un abrigo avejentado por la vida, que ya no la cubría, que sólo era un peso más, un estorbo más, como a veces le parecía a ella la vida. Traduzco aquí algunos de los apuntes (ni siquiera sé cómo llamarles) de Lillian Wormick. Y le agradezco a Sebastián Fund que, sin saberlo, le pusiera cuerpo y rostro a L.W., que me la dejara más palpable a la vista.

Mientras la traducía me sentía al lado de ella, y en algún momento me dieron ganas de llorar. Si aún vives, Lillian, sábete que yo, Rodolfo Mendoza, he sentido –de la misma manera, que es otra– cosas similares a las tuyas y que si la vida no fuera tan brutal y cruel, quizá hubiéramos coincidido en algún cafecito de Charing Cross, ahí cerca de Goldsboro Books.

La sombra 1, de Sebastian Fund.

Rodolfo Mendoza (México) colabora em diversos meios impressos e digitais do México, Colômbia e Estados Unidos com crítica literária. É co-autor dos livros Cuarenta años de labor editorial (Editorial de la Universidad Veracruzana) e Independencias, revoluciones y revelaciones (com Alicia Rueda e Ignacio Ruiz, Universidades de California e Arlington). Editou Sergio Pitol en casa, coletânea de textos do Prêmio Cervantes na revista Palabra y el hombre de 1960 a 2003. Com Cristina Fuentes la Roche realizou a edição dos livros Bogotá 39 e Carlos Fuentes y la novela latinoamericana. Coordenou o livro Una temporada de paraíso: homenaje a José Luís Rivas. Foi diretor da revista literária La nave. Com Sergio Pitol publicou Elogio del cuento polaco y com Julián Osorno Antologia del ensayo literario mexicano.

Sebastian Fund (Argentina, 1985) é artista visual naturalizado mexicano, especializado em gravura. Foi bolsista do Instituto Veracruzano de Cultura e é membro do Sistema Nacional de Criadores do México. Sua obra, influenciada pelo expressionismo alemão e pelos grandes mestres mexicanos, participou de bienais e numerosas exposições individuais e coletivas. Atualmente desenvolve o projeto La máscara habitada, pesquisa sobre a condição humana com técnicas de gravura e grandes formatos.


[1] Nota y traducción de Rodolfo Mendoza.
[2] Artista gráfico argentino-mexicano. Miembro del Sistema Nacional de Creadores.
[3] Heliograbado, aguatinta y aguafuerte. 56 x 76 cm. Papel Somerset 250 gr/m2.

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