El viaje en ‘La sonrisa etrusca’, de José Luis Sampedro, por Drª. Salwa Mahmoud de la Universidad de la Capital (Helwan).
INTRODUCCIÓN
La sonrisa etrusca (1985), de José Luis Sampedro, narra la transformación vital de Salvatore Roncone (alias Bruno), un viejo campesino calabrés, que al viajar de Calabria y trasladarse a Milán para tratar su enfermedad, descubre en el amor hacia su nieto y hacia una viuda, Hortensia, una nueva forma de ternura y sentido de vida. En su viaje del sur al norte hace varias comparaciones mentales entre el mundo rural y la vida citadina. En este largo recorrido explorando un mundo desconocido para él, descubre su propio ser y las nuevas posibilidades que la vida ofrece en la ancianidad. En este estudio nuestro objetivo principal se centra en el análisis del tema del viaje en esta narración.
Palabras clave: La sonrisa etrusca, el viaje, José Luis Sampedro.
EL VIAJE EN LA OBRA
El viaje es un tema recurrente en todas las literaturas del universo, puesto que “la vida misma puede ser pensada como un viaje” (Cerda Montes de Oca, 2012:1). De hecho, podemos considerar el viaje como metáfora de nuestras vidas. En la novela de Sampedro, el protagonista, Salvatore, realiza un viaje del sur hacia el norte para buscar un remedio a su enfermedad. Como señala Mariano Baquero Goyanes, la búsqueda es, en toda novela de viaje, un motivo que desarrolla una función primordial (Goyanes, 1989: 34). De este modo, el lector acompaña al héroe en sus desplazamientos del mundo rural de Calabria hacia espacios urbanos en la ciudad de Milán. Barbara Korte afirma que la literatura de viajes tiene unas características específicas. La primera característica, y probablemente la más importante de cualquier relato de viaje, es que tiene un núcleo narrativo que cuenta la historia de un viaje (Korte, 2000: 9). De ahí, se entiende que La sonrisa etrusca tiene unas particularidades de un relato de viajes porque está escrita para desplegar los detalles de la experiencia viajera del protagonista. En su excursión del campo a la ciudad, pasa por unos lugares para tomar algo o para descansar. En su recorrido, el viejo hace varias comparaciones mentales entre el mundo rural, muy idealizado y querido por él y el mundo urbano, muy detestado y odiado por él también. En su desplazamiento hacia el norte, llama su atención un paisaje triste de los suburbios que ve en la autopista y alrededor de la carretera para llegar a un puesto de control. En ese punto comienzan los suburbios. Allí es donde el viejo observa,
“las tapias, hangares, talleres cerrados, viviendas baratas, solares, charcos… Humo y bruma, suciedad y escombros, faroles solitarios y siniestros. Todo inhumano, sórdido y hostil. Al bajar el cristal percibe un vaho húmedo apestando a basura y a residuos químicos¹.”
En este fragmento, observamos que lo primero que capta el punto de mira de Roncone es el aspecto degradado del entorno: la suciedad del espacio, la pobreza de las tiendas, el humo y los olores desagradables. De esta manera, la esencia del viaje se encuentra en la forma de mirar. Por lo tanto, la autopista que el viejo mira en su periplo del sur al norte no se trata de un espacio físico diferente, sino también el espacio que le llevará a un mundo desconocido para él.
Al llegar a la casa de su hijo, Renato, en Milán el narrador describe el entorno y las diferencias socio -culturales, puesto que el héroe se acuerda, constantemente, de su vida en su pueblo natal, “Roccasera”. Allí, al abrir el armario en su despensa, “le asaltaba una ráfaga de olores, cebolla y salami, aceite y ajos” (p. 26). Sin embargo, en Milán se encuentra ante un mundo mucho más civilizado, por eso echa de menos los olores y los sabores típicos de su pueblo. En Milán, “todo son frascos, latas, cajas con etiquetas de colorines, algunas en inglés” (p. 26). En esta comparación mental del viejo, el autor nos llama la atención a la diferencia entre la vida sofisticada en una ciudad y la vida sencilla en un pueblo.
El paisaje del pueblo que él recuerda está grabado en su memoria, puesto que “la memoria trae al presente todo lo que aconteció en el pasado” (López Castro, 1999: 152). Es decir, que el espacio rural no tiene una presencia física en el relato. Ese sentimiento del paisaje es, con frecuencia, regreso, reencuentro con la propia biografía. El espacio rememorado por nuestro protagonista es un espacio nostálgico, que forma parte de un conjunto afectivo que no se reduce a las personas. El territorio que ha establecido Bruno, su nombre de partisano, “responde a la idea de un mapa realizado a escala de su propia memoria” (Carlón, 1996: 14). Debido a estos recuerdos, la narración transcurre con lentitud, como lento es el paso del protagonista. Con él, que pasa por algunos sitios y no se queda en ninguno, subimos montes, bordeamos arroyos, pateamos calles, entramos en espacios abiertos y cerrados…
Con él compartimos el polvo del camino, el calor o el frío, la soledad, el miedo y otras cosas más. De este modo, La sonrisa etrusca se acerca mucho al relato de viajes, porque su discurso se modula, según Alburquerque, con motivo de un viaje y la narración queda subordinada a la intención descriptiva que se expone en relación con las expectativas socioculturales de la sociedad en que se inscribe (Alburquerque, 2006: 86). En la realidad narrativa, el viejo Salvatore retrotrae de sus memorias imágenes paisajísticas maravillosas de su pueblo. Es decir, que en el discurso narrativo el personaje principal del relato vive más en la imaginación que en la realidad. Además, trata a los milaneses con dureza. A través del lente del protagonista, el lector comprende las múltiples diferencias en las costumbres de los habitantes del norte y del sur. En el norte la gente suele ir al cuarto de baño por la noche, mientras que en un pueblo una persona puede tener un bacín en su dormitorio. Por eso, Andrea, su nuera, rechaza la existencia del bacín en el dormitorio de su suegro. Sin embargo, acaba aceptando la situación, a regañadientes, ante la enfermedad del viejo. El texto expone este choque cultural entre dos personajes que pertenecen a dos generaciones y culturas distintas. Veamos el diálogo siguiente entre Andrea (nueva generación) y su suegro (vieja generación), hablando del bacín:
“- Eso ya no se usa, papá.
– ¿Es que aquí la gente no mea de noche?
– Sí, pero en el cuarto de baño. No es como en los pueblos; no es preciso bajar al corral” (p. 68).
Fernando Baeta afirma que: “Viajar libera, viajar engrandece el alma, el espíritu y la inteligencia” (Baeta, 2001: 5). De hecho, durante su estancia en Milán conoce a su nieto “Brunettino”. El niño ayuda a la transformación vital del viejo. Ya que el abuelo felizmente pasa horas confesando al bebé sus viejas hazañas como partisano, sus secretos y planes para el futuro. También, al enamorarse de Hortensia se aferra más a la vida y empieza a poner planes de matrimonio para vivir felizmente con ella. De ahí vemos que, en la Nota Preliminar al libro de Ortega, Notas de andar y ver, Paulino Garagorri dice: “Viajar consiste en transitar de uno a otro paisaje, esencialmente del habitual y consabido, al desconocido y sorprendente” (Cf. Garagorri, 1988: 9-10). Efectivamente, todo lo que observa el héroe en Milán le resulta sorprendente y chocante.
Las diferencias socioculturales se aprecian en los modos de hablar y en la conducta de los milaneses. Este choque cultural se nota en el comportamiento de Salvatore en una tienda de frutas, donde llama a la vendedora de ladrona por haberle vendido unas peras de precio caro. El lector encuentra en la explicación que da Andrea a la dueña de la frutería una justificación que aclara los modos de habla diferentes entre la gente civilizada de ciudad y la gente dura de pueblo; Andrea dice: “Discúlpele, señora Morante; es viejo y está enfermo. Además, es del Sur, un campesino, ya comprende…” (p. 78). Por la forma tan dura en el habla del viejo partisano con la vendedora, ésta lo califica de: “Un rústico, un patán (…), sin idea de la higiene” (p. 78).
El protagonista hace unas comparaciones mentales entre los etruscos del Sur y los milaneses del Norte con frecuencia. Siempre los del Sur ganan. En cambio, los milaneses – que a él le resultan fríos, cobardes e insoportables -, pierden:
“A estos muchachos de ahora me hubiera gustado verles durante la guerra, huyendo de los tedescos por una ciudad desconocida…” (p. 41).
Es digno de mención que la escritura de un texto narrativo es una metáfora de un viaje literario. De hecho, el relato de José Luis Sampedro nos permite desplazarnos con el héroe de un lugar a otro y nos otorga la posibilidad de ser testigos a sus actuaciones. Además, nos ofrece otra posibilidad de participar con él en sus aventuras. En este viaje literario compartimos con el protagonista unas experiencias propias y ajenas, impresiones que trazan una red abundante de relaciones, comunicaciones y diálogos. El escritor leonés Luis Mateo Díez, en su artículo que lleva por título “La ficción del viaje”, reivindica en el texto “la propia necesidad de los viajes de la imaginación, que este maravilloso artefacto articula como ninguno” (Mateo Díez, 1998:22). En este punto coincide con las apreciaciones de Juan Manuel González para quien la literatura de viajes “estimula la memoria, reclama la imaginación y reaviva el rescoldo de lo imponderable” (González, 1998:14).
A Salvatore le encanta la comida del sur de su pueblo, Roccasera, por eso dice a Simonetta, la sobrina de Anunziata (la señora del servicio en casa de su hijo), que prefiere la comida del sur:
“¡Pues si cataras los que hacemos en casa…! ¡Rascu ahumado, o el butirri, con mantequilla dentro…! Pero hay que comerlos allí, saben mejor; sobre todo en la solana de atrás, viendo a lo lejos la montaña. O en día de merienda, a la sombra del castañar… ¡Allí, bajo los árboles, en los días despejados se domina casi todo el país, hasta nuestro mar, a lo lejos!” (p. 99).
De esta manera, se aprecia la presencia constante del paisaje, un detalle que lo afirma Sampedro en una entrevista, diciendo: “En mis novelas el tratamiento del paisaje es fundamental” (Tobaruela Martínez y Joan Tort Donada, 2001).
El espacio tiene una gran importancia en la obra, por eso no es extraño percibir el desplazamiento del protagonista del sur al norte, como una expresión metafórica de la tensión básica entre el ser y el devenir. De ahí, se genera un conflicto provocado por las diferencias entre las costumbres citadinas y burguesas del norte y las costumbres y tradiciones del sur, de su pueblo, caracterizado por olores, sabores y costumbres machistas. Por lo tanto, creemos que el mejor viajero es el que es capaz de descubrir lo desconocido e invisible de los lugares que visita, el que sabe ver más allá de la realidad circundante y el que sabe analizar lo visto. En un relato de viaje el espacio desempeña un papel muy importante, puesto que en él se convierte en una fuerza trascendente, evocadora y creativa. No cabe duda de que la obra de Sampedro es de marcada introspección y, en consecuencia, atiende mucho más a los procesos mentales que al mundo externo. Comprendemos que el autor utiliza la dualidad del espacio: ciudad-campo para hacer de la ciudad un espacio real en que vive el personaje central del relato, mientras que hace del campo un referente de un pasado feliz. Además, lo emplea para evocar situaciones, acciones y actos del pasado, cumpliendo así una función memorística. A lo largo de este viaje literario, vemos que para Salvatore su Roccasera es un lugar ideal, bonito, tranquilo y lleno de paz y belleza. Así pues, el campo, que aparece de tarde en tarde en las memorias del héroe y sus representaciones, no tiene una presencia física y tangible, sino que está cómodamente configurado en la conciencia del personaje. Mientras que en la realidad narrativa vemos que el autor ubica al protagonista en un cuadro escénico urbano donde se mueve como un actor junto con los demás actores en el centro de una ciudad real y verdadera, donde se produce la transformación de su personalidad. De hecho, la acción se desarrolla con los movimientos y desplazamientos de los personajes de un lugar a otro en el espacio narrativo.
CONCLUSIÓN
Al llegar a la conclusión, podemos decir que José Luis Sampedro ha podido presentar un relato que gira alrededor de un viaje en que hemos acompañado al protagonista en sus desplazamientos del sur al norte. También, hemos observado que el espacio rural tiene una gran presencia mental en el héroe, puesto que dicho espacio no existe fuera de su imaginación. De ahí este espacio, muy idealizado y alabado por él, queda postergado a un segundo plano espacial porque aparece sólo en sus recuerdos. Asimismo, hemos comprobado que el escritor barcelonés posee un lenguaje muy amplio y un estilo sobrio que le permiten crear situaciones y conflictos de los que surge la enseñanza. Por esta razón apreciamos que el lenguaje del protagonista es sencillo y se compone de términos fáciles de entender. El abuelo quiere que su nieto lo entienda con facilidad, por eso emplea palabras llanas y con repeticiones constantes que nos dan la impresión del clima familiar y cálido en la obra.
Notas:
¹ José Luis Sampedro (2001). La sonrisa etrusca. Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2ª. Ed., p. 17. De aquí en adelante las referencias a esta obra se indicarán en el texto remitiendo a la página correspondiente de la edición citada.

Dra. Salwa Mohamed Mahmoud Ahmed es Catedrática de Literatura Española Moderna y Contemporánea y de Traducción en el Departamento de Filología Hispánica de la Facultad de Letras de la Universidad de La Capital (Helwan), Egipto. Desde 1998 hasta la actualidad, desarrolla una amplia labor docente impartiendo asignaturas de Literatura Española e Hispanoamericana tanto en programas de grado como de posgrado. Asimismo, ejerce la docencia en el área de Traducción y cuenta con experiencia profesional en traducción simultánea, consecutiva y escrita. Es miembro de diversas asociaciones nacionales e internacionales dedicadas al Hispanismo y ha consolidado una destacada trayectoria investigadora en el ámbito de los estudios literarios hispánicos. Es autora de más de veinticinco artículos de crítica literaria publicados en revistas académicas nacionales e internacionales. Ha participado como ponente en numerosos congresos internacionales celebrados en España, Italia, Alemania, Polonia, India, Tailandia y Egipto, contribuyendo activamente al intercambio académico y cultural entre distintas comunidades científicas. Entre sus publicaciones destaca el libro La obra novelística de Juan Marsé: trayectoria y mundo narrativo (Madrid: Editorial Pliegos, 2013), referencia importante para los estudios sobre la narrativa contemporánea española. Además, desempeña labores de evaluación científica como revisora de artículos de investigación en diversas revistas académicas de universidades egipcias, entre ellas las de La Capital (Helwan), Badr, El Cairo, Sohag, Luxor, Minia, Ain Shams y Al-Azhar.
BIBLIOGRAFÍA
[1] Alburquerque, Luis (2006). “Los libros de viajes como género literario”. En: Lucena Giraldo, Manuel y Juan Pimentel (eds.). Estudios sobre literatura de viajes. Madrid: CSIC, 2006, pp. 67- 87.
[2] Baeta, Fernando (2001). “El poder de viajar siempre es ilimitado”. En Siete leguas (Viajes del Siglo XXI), nº VIII, noviembre, p. 5.
[3] Baquero Goyanes, Mariano (1989). Estructuras de la novela actual. Madrid, Castalia.
[4] Carlón, José (1996). “Los ángulos de la mirada”. Prólogo a Sobre la nieve. La poesía y la prosa de Julio Llamazares. Madrid, Espasa Calpe, S. A.
[5] Castro Díez, Asunción (1999). “La narrativa de Luis Mateo Díez: el diálogo con la tradición oral”. En Cuadernos de narrativa, nº 4. Pp. 45- 56. Universidad de Neuchâtel (Suiza).
[6] Cerda Montes de Oca, Susana (2012). “Viajes y escritura: recorrido y reflexión sobre la escritura de viajes y la tradición latinoamericana de la literatura de viajes”. En Lejana Revista Crítica de Narrativa Breve nº 5, pp. 1-5.
[7] Díez, Luis Mateo (1998). “La ficción del viaje”. En Leer, Extra Navidad, p. 22. Citamos por Suárez Rodríguez, Mª Antonia (2004), en La mirada y la memoria de Julio Llamazares: Paisajes percibidos, paisajes vividos, paisajes borrados.
[8] Garagorri, Paulino (1988). «Nota preliminar» a su edición de J. Ortega y Gasset, Notas de andar y ver. Viajes, gentes y países. Madrid, Alianza Editorial, 1988, pág. 9-10.
[9] González, Juan Manuel (1998). “El viaje o la conquista del Universo”. En Delibros, nº 112, julio agosto, p. 41.
[10] Korte, Barbara (2000). English Travel Writing from Pilgrimages to Postcolonial Explorations. Basingstoke, Macmillan.
[11] Martínez, Tobaruela y Tort, Joan (2001). “Entrevista con el autor”. En Biblio 3W Revista Bibliográfica de Geografía y Ciencias Sociales, Universidad de Barcelona, Vol. VI, nº 330, 29 de noviembre.
[12] Sampedro, José Luis (2001). La sonrisa etrusca. Barcelona, Nuevas Ediciones de Bolsillo, 2ª. ed.
[13] Simó Comas, Marta (2007). Tiempo, espacio y discurso en la configuración del personaje literario: Los círculos del tiempo de José Luis Sampedro. Madrid, Fundación Universitaria Española.